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Los fumadores son personas que realmente tienen fondo. Detrás de toda gran personalidad, de logros y metas alcanzadas, hay una ingente cantidad de cigarrillos con los que puede decir que ha sacado jugo a la vida. Porque en cada pedacito de muerte se esconde una pericia, una anécdota emanada de la voz de la experiencia con la que nutrirse y dar sentido a tus próximas caladas en una práctica social que más de uno experimenta como un rito. Una costumbre que te degrada a la vez que te hace más sabio respecto a las lecciones que espera darte la vida. Como toda liturgia, tiene una importante dosis de estética. Golpear la cajetilla, extraer el cilindro con la misma boca y prenderlo con soltura, como si fuese la armonía producto de un mismo movimiento. Luego están los que usan Zippo. Y después los liadores. Aquellos románticos – o quizá comunistas – que elevan su ritual a la categoría de arte; de forma excéntrica, evidentemente, adorando su creación como objeto estético. Y por si fuera poco, la reflexión de sus vivencias es más prolongada, gracias a la ingeniería del tabaco y al papel de combustión lenta que escuchan resquebrajar en momentos más íntimos.

Debe de haber infinidad de trujas tras las arañadas espaldas de los hermanos Young, aunque no sean precisamente la clase de tipos que se preocupan por la estética. Podríamos apostar que chuchan esos palitos como si no hubiera mañana con el único fin de acabar con ellos, como un perdonavidas a la salida del colegio. Es algo que también se aprecia en el escenario: carga y descarga, bofetones de escandalosa y barriobajera energía. Sin florituras. Aunque no por ello dejarán de sentirse atraidos por la liturgia, porque hay que admitir que resulta algo exótico sacar partido a un vicio que en absoluto nos hace ser mejores personas.

Es algo que tenía muy claro Mark Opitz, uno de los productores de la banda durante los 70, cuando en una entrevista mencionó la sensibilidad de los australianos para el consumo de alquitrán: “Todo el mundo – tras las sesiones de grabación – se venía y se sentaba para hablar un poco, y Malcom hacía lo mismo, sacaba sus cigarrillos y le pasaba uno a todo el mundo en la sala y fumabas. Así que cada vez que alguien sacaba un cigarrillo había esa ley tácita que significaba que le daba uno a todo el mundo. Sé que resulta difícil de imaginárselo, pero eso fortalecía esa especie de vínculo. No pedías un cigarrillo, y no te preguntaba si querías uno, sencillamente te lo pasaban, por lo que normalmente acababas fumando un montón cada día”.

No debió de haber demasiados pitillos detrás de Rock n Roll Damnation, un single que Malcom y Angus compusieron en 20 minutos a petición expresa de la discografía al considerar que el disco que lo acogería, Powerage, no contaba con una pieza potente y fácil de digerir. ¿Seguimos hablando de AC/DC? Pues sí. Y no pareció ser ninguna locura cuando se coló en el Top of the Pops de las islas británicas en el puesto 24. Todavía más teniendo en cuenta que el álbum no tuvo la acogida que se esperaba. Venía precedido de uno de los discos que mejor desprende la esencia de los australianos, el Let There Be Rock. No en vano, fue grabado en riguroso directo. George Young y Harry Vanda, productores más cercanos a la banda, se habían obsesionado con la ecualización del grupo, desesperados por que no se desperdiciase ni un ápice de energía. Terminaron llegando a la conclusión de que la respuesta estaba en recoger al mismo tiempo cada uno de los mecanismos que hacían trabajar a esa máquina tan precisa.

Y aunque las críticas y el mercado no respondiesen, el disco supuso una excusa perfecta para abrirse paso a codazos encima del escenario. Con un repertorio confeccionado exclusivamente para fans iniciados en los simples – que no simplistas – y robustos power chords con los que rozan la perfección de su receta, Powerage es uno de los discos que pasan más desapercibidos dentro de la discografía de los australianos, aunque contiene, curiosamente, un tracklist que destila personalidad e inconformismo, a pesar de lo duras que puedan ser las comparaciones con el resto largos de la etapa de Bon Scott. Pero fue quizá ese desmarque hacia el ostracismo lo que hizo de Powerage un disco de culto, tan solo al alcance de selectas orejas versadas en la desvergüenza.

La misma desvergüenza de la que se vanagloria Bon Scott en Kicked in the teeth, como una especie de “terror de las nenas” que no tiene mayor problema en llevarse un mamporro siempre que consiga poner en entredicho la decencia de alguna hija con padre protector en lo que hoy en día sería visto como un micromachismo de escándalo. Pero insisto, eran otros tiempos. También veremos en Riff Raff un derroche de poderío de baja estofa, en donde su vena más boogie brilla en todo su esplendor con uno de los riffs más prometedores de toda la producción de AC/DC. Es pura energía contestataria, por ello sorprende que no se convirtiera en un himno desbordando las emisoras musicales.

Pero es el mismo aciago destino que les esperaba al resto de estas composiciones de un álbum que encontraría en el paso del tiempo el mayor de sus aliados para confirmar su valía. Porque temas como Gone Shootin´, What´s Next to the Moon o la excesiva Sin City no se han visto erosionadas ni lo más mínimo, por no hablar de la inspiradísima Down Payment Blues, joya perseguida por infinidad de acólitos que no dudan de Powerage a la hora de buscar una propuesta sugerente.

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