True Detective ha conseguido ser el centro de todas las mirillas y, por lo tanto, de mil y una habladurías. Recibiendo una oleada de puntillosas críticas en internet, la segunda temporada deja atrás aquella tensa tranquilidad del campo y la humedad  insana de Luisiana para trasladarse a la gran ciudad, al revuelo y a la agitación; la inmediatez en los tiempos de la generación smartphone. Las comparativas con la primera temporada son constantes y obvias, pero para el deleite de este relato dividido en ocho capítulos se ha de apartar la experiencia que nos brindaron  los detectives Rust Cohle y Martin Hart, para centrarse en una trama que no habla sólo de “atrapar al malo” sino de, a través de sus personajes, contarnos algo que va más allá de señalar a un culpable.

Las autopistas que rodean  Los Ángeles y sus proximidades se han teñido de rojo. No se puede hablar de asesino y víctima, de protagonista o antagonista, en una ciudad cuyos dirigentes tienen las manos hundidas en un charco de sangre, aunque ninguno haya sido el que apriete el gatillo. We get the world we deserve nos dice el lema, y yo asiento dándoles la razón; todos somos partícipes, de un modo u otro, de las atrocidades que ocurren en este mundo construido por el hombre. La segunda temporada de True Detective, que tantas ampollas está levantando, muestra precisamente eso; el asesino no siempre tiene nombre y apellidos pues se es víctima de un sistema corrupto, tanto literal como metafóricamente. La letra del opening cobra sentido.

Nic Pizzolatto, novelista, guionista y showrunner de la serie en cuestión, escribe más bien sobre gente retorcida que adopta la figura detectivesca, o al menos así lo aclara en una entrevista con EL PAÍS. Estos seres retorcidos están personificados por un Colin Farrell de interpretación impecable, una Rachel McAdams que besa más la pena que la gloria y Taylor Kitsch cuya actuación es más plana que una estudiante de primaria.  Estos cargan con la placa policial mientras que Vince Vaughn, que ha pasado de becario de google a un gánster que hiela nuestros corazones con una única mirada, se mantiene al margen de la ley. Aún tendremos que esperar para saber si ha logrado el efecto McConaughey entre las masas, pero no habría lugar a sorpresas si así fuera; Vaugnh consigue infundir respeto y cortar la respiración de los que le rodean con su mera presencia.

Si Pizolatto define a sus propios personajes como retorcidos se debe a la complejidad del trasfondo psicológico tanto del conflicto que les rodea como la de ellos mismos. Todos están torturados por un pasado que les acosa, malversando sus horas de sueño y empujándoles a la bebida o al consumo desenfrenado de nicotina. La presencia de  copas, el humo de los cigarrillos, antros con poca luz, y demás elementos noir son sus eternos acompañantes en cada cuadro.

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Ya que estoy aquí, voy a romper una lanza y de perdidos al río. Hay una gran batalla de opiniones que alaban o destripan esta nueva entrega, y sin querer participar del todo en esta criba, puedo llegar a entender a todos aquellos que, tras un largo bostezo, desistieron de continuar con esta temporada tras el tercer capítulo. Si eres uno de ellos, dale una segunda oportunidad. Sí, lo sé, la complejidad del argumento puede llegar a  dificultar un seguimiento fluido, al igual que es imperdonable que una serie que solo tiene ocho capítulos por temporada se permita el lujo de ponerse realmente interesante al cruzar su cénit, pero la suma de todos sus elementos lo convierten en una historia –vista desde una perspectiva global– verdaderamente atractiva. Más que una serie, se convierte en un film de larga duración dividido en ocho fragmentos.

Donde la comparación con la primera temporada sí cabe a lugar, es en los elementos que forman una homogeneidad que concluyen con la creación de un sello de la casa. Y es aquí donde los recursos técnicos, y en especial el espacio sonoro, brillan cual diamante en bruto. Pese a ser dos temporadas completamente diferentes la una de la otra en todos los aspectos –tan sólo hay que fijarse en el cambio de tiempo y escenario donde transcurre la acción–, consiguen transmitir una familiaridad y una caracterización tan propia que me hace imposible negar que lo que estoy viendo es puro True Detective, agenciándose así un estilo completamente propio, tal como muchos maestros de las artes del espectáculo.

En definitiva, la segunda entrega de True Detective es una copa de un buen whisky a palo seco. De carácter fuerte y olor potente, de difícil ingestión en primera instancia, pero que tras los primeros tragos sólo puede dejar lugar a un delicioso sabor que anestesia y satisface al paladar.