inside out

Serán sus andares, su colorido o la incombustible expresividad que ofrece un ser animado con la más sofisticada tecnología, pero parece indudable que el cine de animación está en auge. Títulos como Toy Story, Wall-E o Up ya demostraron en su día que el cromatismo y texturas de la animación 3D pueden llegar a ser carne de cañón para la batalla por los Óscar, sector destinado a desprender encanto e inocencia a partes iguales, clásicos de los que nunca se olvidan, de incuestionable vigor, audacia e inmaculados de forma perenne para regocijo y disfrute por parte de las generaciones venideras.

Todos estos atributos y virtudes que hacen del cine algo vibrante se dan cita en Inside Out (“Del Revés”), una película gloriosa, cálida, dulce y divertida que, de la mano de Pete Docter (aquel que en tan solo diez minutos fue capaz de sobrecoger nuestros corazones al mostrarnos una de las historias de amor más bellas del cine en su prólogo de Up), ofrece un relato inteligente y conmovedor sobre el desarrollo emocional de Rilley, una niña de 11 años, aficionada al hockey, risueña y jocosa que un día se ve obligada a desprenderse de las raíces que le unían a su amado e idílico pueblo de Minnessotta. Es entonces cuando el director, con enorme maestría, se dispone a describir los mecanismos de la mente y la sincronía en el vasto flujo de nuestras emociones, la inexorable contradicción en los estados anímicos de una niña preadolescente que ve cómo el mundo que conoce se desmorona y experimenta un cambio inesperado en la forma de gestionar sus sensaciones. Aquel que hace pasar de la alegría al llanto o la desconsolada tristeza al verse uno abordado por la nostalgia y el olvido de aquellos recuerdos que antaño te definían como persona.

Deslumbrante en su sentido visual, en su comicidad y humor, Inside Out desprende ternura y se muestra concupisciente en el tratamiento de la razón humana, en los designios de la amargura, el miedo o la incontrolable ira con una trama sobresaliente y de aspectos formales elevados. Aunque la escasez de florituras y la naturalidad de su enredo invoquen un aroma tradicional, ofrece un planteamiento sin precedentes en lo que viene a ser un solemne clásico de Disney – no solo para niños, también para adultos – que, con frescura y fluidez en sus pretensiones, se conforma como una propuesta vitalista e integradora que se suma a la larga lista de maravillas que hacen de Pixar una de las mejores cosas que le han pasado, no solo al cine de animación, sino al cine en general.