La Casa Blanca ha abierto sus puertas a un desfile de bastardos, furcias y genios como ellos solos. El sonido de las llamadas telefónicas, el choque de bolígrafos contra cheques en blanco e hipócritas estrechamientos de manos se despiertan muy temprano en Whasington DC.  No podemos olvidar que, pese al carácter despiadado que ha predominado en muchas figuras históricas como Hitler o Stalin, estos no dejaban de ser maestros estrategas y grandísimos pensadores. Pero no hace falta ser uno de los dictadores más conocidos para apropiarse de las herramientas que se han utilizado para la manipulación a gran escala en busca de beneficio propio. Entre toda esta selva política actúa, en la sombra, Frank Underwood, otro miembro más de esta calaña que anhela ondear la bandera del poder. Porque House of Cards trata precisamente esto; el eterno enfrentamiento por el poder absoluto. Sin olvidar, por supuesto, que la venganza es el condimento perfecto del plato principal.

Seguimos los pasos de Frank Underwood (interpretado por un impecable Kevin Spacey) un político que ha sido víctima del propio mundillo político del que también hace uso. Al no ser postulado como Secretario de Estado tal y como se le prometió, decide tomarse la justicia por su mano ante tal traición por medio de métodos poco ortodoxos. Pero así es como funcionan las cosas en la Casa Blanca. Frank Underwood se hace paso entre sus enemigos y les caga encima mientras sube puestos en su carrera. Mientras, la línea de acción principal se ramifica en tramas secundarias que tratan de mostrarnos las facetas más humanas de personajes que cara al público portan máscara de póker. Incluso los seres más despreciables han tenido una ardua travesía para obtener la insensibilidad y helar el corazón. Dos de las características más relevantes en un político que aspire mínimamente a ser alguien.

Este relato sobre la batalla que enfrenta a políticos de distinta tinta por llegar a lo más alto, es una perfecta radiografía de la realidad política estadounidense. Somos testigos del por qué de la podredumbre del sistema en toda su esencia y, así, podemos afirmar que la política no se trata de representar al pueblo sino de aprovecharse de él. ¿Tenemos los gobernantes que realmente merecemos? ¿O resulta que, más bien, esta afirmación se trata de otra artimaña para que estemos demasiado ocupados quejándonos para no prestar atención a lo que verdaderamente importa? La línea que separa los actos aparentemente altruistas de la inmoralidad del ser es tan fina que tiende a ser imperceptible. Seguiremos yendo a las urnas, seguiremos tragando y tragando mítines a la hora del desayuno para acabar sabiendo que el sistema está podrido. ¿Y qué? Lo sabemos. E irremediablemente somos partícipes, aunque el mero hecho de pensarlo sea vomitivo.

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En ciertos aspectos, los personajes de House of Cards son puramente shakespearianos. La heroína silente, Claire Underwood, interpretada por Robin Wright, es la perfecta encarnación de una Lady Macbeth que está ahí para apoyar, ayudar e incluso alimentar el ansia y el propósito de su marido, Macbeth, que no es otro que el propio Frank. Hay muchas similitudes entre el matrimonio que derrocó al Rey de Escocia y los Underwood. Son transparentes, trabajan en equipo por un fin común y son capaces de hacer cualquier cosa con tal de obtener el néctar del éxito. En sí mismos personifican la figura del maquiavel, ese personaje que, como bien se refleja en el nombre, basa sus acciones en la premisa de que no importan los medios sino el fin. De este modo, no sólo la obra de Shakespeare es una referencia teatral a la hora de definir la psique de los personajes de este thriller político, sino otros elementos propios del renacimiento inglés como lo es la aparición de un –en este caso, unos– maquiavel. Cabe también recalcar la ruptura de la cuarta pared de la cual Frank hace uso para hablarte directamente a ti, al espectador, con la crudeza, la ironía, el sarcasmo y la claridad que tan bien le definen. Todo parece un maldito drama.

La ambición  late en cada escena e influye también en el papel que juega Zoe Barnes (Kate Mara) como tercera en discordia. Periodista a la que usa Frank para beneficio propio en distintos sentidos, también desea escalar en su carrera de la forma más rápida posible. El personaje de Zoe, además de ciertas cuestiones morales, retrata la importancia que ejercen los medios de comunicación y el control de éstos en el devenir político. Es acertado, como consecuencia, que tanto el rol que ostenta el periodismo y la fuerza de la prensa sean trascendentes en la continuidad de la narración.

Esta Casa de Naipes ha sido tratada con la delicada solemnidad con la que un soldado americano dobla su bandera y el resultado es tajante. Los valores en los que en teoría se rige la sociedad son una burda falacia y nos encontramos cara a cara con la verdadera naturaleza del ser humano; ambición, individualismo e hipocresía. Bienvenidos a Washington.