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Pocas cosas fascinan más que una estética sugerente, símbolos creados en algún momento del pasado que, gracias a la onerosa labor del tiempo, han sido inmortalizados de manera perenne. Aunque el fin de dicha conservación se encuentre en sentar doctrina para seguimiento y claudicación por parte de las generaciones venideras, sus ideas y valores se desdibujan hasta quedar reducidos en una serie de aspectos formales que, a pesar de mantener el poder de su mística, se verán desprendidos de sus connotaciones y lecturas iniciales

Era un enamorado de la estética Ramón María del Valle-Inclán, concretamente de la carlista que, a principios del siglo XX, hizo que se lanzase a las garras de la prosa histórica con su serie de La guerra carlista. Siempre fue considerado por sus coetáneos como indomable defensor de la tradición surgida de una historia mítica que nuestras glorias pasadas dejaron tras de si, siendo muchos los que se tomaban en serio sus reivindicaciones absolutistas, empedernido regenerador de costumbres pasadas, aunque el que aquí suscribe, igual que Ramón Gómez de la Serna, cree que para Valle, el carlismo, era pura belleza romántica y plena ruptura con el capitalismo que destilaba el régimen liberal.

Otro que también sufrió la incombustible seducción de la mística fue Hunter S. Thompson, periodista, literato, socialista, líder del Poder Freak y comedor de mescalina profesional. A él no le tocó obsesionarse por la pérdida de tradiciones en el mundo rural español, ni siquiera por los Decretos de Nueva Planta. Se vió preso del incuestionable exotismo de una panda de forajidos que pareció ensordecer las inermes y despreocupadas mentes de aquellos conformes con el demacrado sistema de valores estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, los Ángeles del Infierno comenzaban a convertirse en un fenómeno de masas tras los excesos y bacanales acometidos en Hollister, pequeña localidad americana que se vió obligada a albergar la mayor de las orgías celebradas por estos bárbaros motorizados. El resultado fue la devastación total de una ciudad ajena a la deuda que el mundo tiene con tales melenudos desaseados y, por ende, la histeria colectiva que provoca semejante ataque contra la paz de tan buenos patriotas americanos.

Quizá fue esa sensación de mantenerse unido por sus partes nobles a un cacharro motorizado, de incontestable vigor y rebeldía que redimió la actitud contestataria del periodista dipsómano, pero Hunter no pudo evitar sentir la atracción de un movimiento que estaba aquí para destruir y ensuciar todo lo que se pusiese por delante. Porque, además de escritor, era un indómito personaje con alma de rockero y decidido a destrozar toda habitación de hotel que se precie y después, con una sonrisa impostora, colar en la recepción una elevada lista de gastos a nombre de cualquier delirante organización que pueda tener cabida en su galimatías periodístico. Debió de pensar “éste es mi sitio” y, lanzado por su carácter resolutivo e intrépido, decidió introducirse en la banda liderada por Sonny Barger para, un año más tarde, dar a luz una de las crónicas más descarnadas que se haya visto en cualquier clase de periodismo participativo. Reveladora y atroz, Los Ángeles del Infierno: una terrible y extraña saga fue el primer gran bombazo – y tristemente el único – de Hunter S. Thompson, llegando a estar durante un buen puñado de semanas en la lista de los más vendidos en Estados Unidos. De sus renglones se comenzaría a desprender esa ácida y punzante denuncia social, acompañada de sus ramalazos psicóticos e irreverentes que más adelante veríamos depurados a la perfección en su constatación de la muerte del Sueño Americano: Miedo y Asco en Las Vegas.

Las motos y las armas, incuestionables fetiches para cualquier jinete de cerdos, también eran la debilidad de Thompson, a pesar de la imagen que se ha conformado de él, inevitablemente asociada a un hipi narcotizado que no tendría problema en detonar sus vísceras en medio y medio del despacho oval. Pero lo cierto es que se trata de un viejo patriota americano que ha tenido la indecencia de identificarse con lo que no debía, igual que sus colegas motorizados, cargados de hastío y repudia. Dicha indolencia exasperada fue la que hizo pensar a Hunter que de verdad allí había sitio para él porque, a pesar de que son muchos los que aseguran ver en sus palabras despecho y animadversión, él realmente queria formar parte del grupo, pero su condición de cagatintas hizo que los Ángeles jamás lo considerasen como uno de los suyos.

Y así, Hunter S. Thompson fue testigo de la muerte de una de las estéticas más poderosas del mundo occidental, plagada de anarquía y beligerancia contra el sistema que él tanto odiaba. Pero deconstruir sin construir nunca fue del agrado de un periodista contestatario que todavía albergaba esperanza en su demencial prosa.