Para ser honestos, siempre me he mantenido, inconscientemente, alejado de lo que al mundo de la interpretación se refiere. Ha sido el negro de las aulas de ensayo, el calor de la luz de los focos que provoca gotas de sudor que se deslizan por mi frente y por la de mi compañero, que en una realidad ficticia –aunque, sin duda, siempre real– es Laertes intentando recuperar su honor, y yo Hamlet, asestando golpes mortales para robar la vida de su aliento, mientras el crujir del tablado lame promiscuamente mi sentido auditivo. Con todos estos elementos rozando y rizando los pelos de mi epidermis, ¿cómo no voy a enamorarme de la interpretación? ¿Cómo no voy a querer agacharme, en realidad, y proponerle matrimonio al teatro y a todas y cada una de las vertientes que lo forman? Pero para que el teatro te acepte, para que el teatro te quiera, cual maravillosa musa como a la mujer que amas, hay que recurrir al arte de la seducción. Y en este caso, invitar a una copa o un piropo sincero e ingenioso equivale a ensayar, a escribir y a no parar de devorar libros y libros para cuando el meñique de Adela en los versos de Lorca te derribe al suelo, cuando caigas, tengas fuerza para resurgir y seguir seduciendo.

El trampolín del actor es otro de los peldaños que ha de subirse para alcanzar el beso que procede al “sí quiero”. Porque el trampolín no es sólo una guía. Debe ser una Biblia de Biblias para un aspirante a actor.  Más que un manual que nutre al lector, Layton promulga, además de una serie de técnicas y etapas, la importancia y frescura de la presencia escénica; lo imprescindible de lo que está pasando aquí y ahora con el frescor de la experiencia vivida. Este proceso comienza en improvisaciones aplicando los sentimientos y conflictos propios de la vida de uno a la escena a tratar, para así, finalmente, poder percibir paulatinamente los problemas del personaje; palparlos, olerlos, sentirlos… y una vez se esté preparado, hacerlos tuyos.

El actor siempre está en continuo peligro. En ocasiones se olvida que todo este proceso se plantea desde el juego. Porque estamos probando, estamos averiguándonos a nosotros mismos y a nuestro entorno; estamos, en definitiva, jugando. El problema de raíz viene en principio por no tener en cuenta este juego cuando los diálogos, los sentimientos y sensaciones se transforman en meras repeticiones. La muerte de la función sonríe al ver su vida caer en un abismo al haber envenenado la palabra y convertirla en vacía. El actor es responsable que el corazón de cada letra siga latiendo. Existir de forma sincera sobre el tablado es la herramienta y el fin fundamental del actor. Layton ha conseguido, más que una propuesta de método interpretativo, crear una nueva vertiente de interiorización teatral. Una interiorización que vincula al ser personal con el ser escénico. Tan alta es la graduación de este vínculo que no es motivo de sorpresa encontrar a actores que se hallan en actividades cotidianas creyéndose Cleopatra, Max Estrella –aunque nadie pueda ser tan grande como Max– o Vladimir. Me resulta imposible no pensar con largas risas en el papel que jugó Edward Norton en Birdman, donde su obsesión por la verdad escénica alcanzaba el punto en el que hasta bebía ginebra en escena.

Aunque una de las múltiples posibilidades que tienen las improvisaciones sea que éstas deriven en una divertida escena para divertir a un público, la técnica de la improvisación es la capacidad inmediata de vivir real y sinceramente situaciones imaginarias. Siguiendo las pautas del método, la técnica se depura y dirige al descubrimiento y utilización del potencial de alternativas de acción, pensamiento y emoción para poder así escuchar de verdad, ver de verdad y reaccionar de verdad ante unas situaciones esperadas sin caer en el cáncer de la anticipación. Porque, al fin y al cabo, y con todo mi cariño y respeto, en el cine la proyección será siempre la misma mientras que en el teatro cada función es diferente a la anterior.