dalí

Dicen que cuando te sumerges en una disciplina, en una parcela concreta del conocimiento, sea arte o ciencia, no puedes evitar la atracción de empaparte, como creador de vanguardia, de los avances de la sociedad que te ha tocado vivir. Son muchos los que reconocen ideas y tecnologías concretas en la obra y el pensamiento de incontables eruditos que, nutríendose de los últimos progresos, consiguieron conformar un bloque sólido, aunque hetereogéneo, para que la sociedad en su conjunto avanzase en su camino hacia el dominio y la comprensión del universo.

Aunque Salvador Dalí, cuando le preguntaron por la técnica e ideología de sus Relojes blandos, si encontraba en el trabajo del científico Albert Einstein una verdadera inspiración, se dedicó a apostillar de modo oscuro y solemne: “En absoluto, la noción del espacio-tiempo es tan evidente en mi espíritu que para mí este cuadro es como cualquier otro”

Todavía era tiempo de que excéntricos y trastocados artistas se codeasen con las élites científicas, provenientes, claro está, de ramas profesionales profundamente alejadas para ellos, y es que, mucho antes, era frecuente y constante el contacto entre los diferentes personajes considerados vangurdia del conocimiento. Dalí se ha reunido a lo largo de su vida con expertos de la talla de Freud, Heisenberg o los padres del ADN, Watson y Creek. No por la necesidad de conservar un mero protocolo, ni por alardear de su obra cada vez que tenía la ocasión, sino por puro interés hacia el mundo que le rodeaba, hacia los nuevos lenguajes que nacían constantemente con el fin de codificar lo que ocurre en nuestro entorno.

Nunca fue una persona que pasase desapercibida, pero todavía menos cuando comenzó a manosear antiguos manuales de ciencia con los que, con un apasionado ímpetu, se sumergía poco a poco en un mundo que para muchos no tendría por qué perturbar el descanso de un artista consagrado. No debían de tomárselo muy en serio cuando se presentaba en las diferentes cumbres y simposios científicos con ese viejo manual, con aquel brillo en la mirada propio de un estudiante de física aplicada, bombardeando a los eruditos con curiosidades sobre el trabajo que en aquel momento tenían entre manos. Pero el escepticismo se convirtió en admiración cuando aquellas élites científicas contemplaron su Galacidalacidesoxyribonucleicacid o su Corpus Hypercubus veinte años más tarde, reconociendo su propio trabajo en la prolífica obra del artista catalán.

“La angustia del espacio-tiempo la hice de queso de Camembert paranoico-críctico, melancólicamente derretido y sabroso”

Siempre le suscitaron interés aquellos descubrimientos rompedores que compartiesen sus delirantes formas de interpretación de la realidad circundante: desde el principio de incertidumbre de Werst Heisenberg hasta el psicoanálisis de Sigmund Freud, universo de trastornos y enfermedades mentales que inspiraron a Dalí para desarrollar su método paranoico-crítico. Aunque me temo que su reunión con el científico austríaco, después de fracasar hasta en tres ocasiones, resultó tremendamente decepcionante. Lo narra así en sus memorias:

“Contrariamente a mis esperanzas, hablamos poco, pero nos devorábamos mutuamente con la mirada. Freud sabía poco de mí, fuera de mi pintura, que admiraba, pero pronto sentí el antojo de aparecer a sus ojos como una especie de dandi del “intelectualismo universal”. Supe más adelante que el efecto producido fue exactamente lo contrario. Antes de partir quería darle una revista donde figuraba un artículo mío sobre la paranoia. Abrí, pues, la revista, en la página de mi texto y le rogué que lo leyera.. Freud continuó mirándome fijamente sin prestar atención a mi revista.. le expliqué que no se trataba de una diversión surrealista, sino que era realmente un artículo ambiciosamente científico.. Ante su imperturbable indiferencia, mi voz se hizo involuntariamente más aguda y más aguda..”

Aquellos hombres de ciencia se sorprendieron al ver cómo puede llegar a fluir y viajar una idea hasta el punto de condicionar la obra o el pensamiento de eruditos diversos. A sabiendas de que Descartes y Hume no elaboraron sus escritos hasta que Galileo o Newton mostraron al mundo sus descubrimientos, otorgando a August Comte la excusa perfecta para sacar a la palestra su epistemología sobre el positivismo. Quizá por desencanto con la sociedad, porque veían improbable una respuesta ideológica como la que recibieron sus ídolos después de descubrir que la Tierra era redonda y que giraba alrededor del Sol. Temor, por lo visto, fundado, ya que si bien padecieron el feedback de un artista bendecido como puede ser Dalí, jamás encontraron réplica semejante para su oneroso trabajo.