Desde que los estados, a través de sus cuerpos armados, obtuvieron el monopolio de la violencia para salvaguardar la unidad en su territorio, el debate entre seguridad y libertad ha estado siempre presente. ¿Hasta qué punto debemos ceder derechos en pos de la seguridad? ¿Es está seguridad real o es un simple estado de control generalizado? Este es el gran debate que subyace en Citizenfour, ganadora del Oscar al mejor documental del pasado año. Hoy en día, una cuestión tan universalmente aceptada como el libre flujo de información y opinión no se podría entender sin el papel de internet. Edward Snowden, uno de los últimos mártires modernos que deja la lucha por las libertades en la red, es el protagonista de esta obra, que aúna de manera casi involuntaria la condición de documental y thriller político.

Citizenfour es una mirada íntima a los días más tensos en la vida del ex-trabajador de la NSA. El film se sitúa en junio de 2013, cuando Snowden convocó a dos periodistas en un hotel de Hong Kong, lejos del alcance de las autoridades norteamericanas. El proceso fue largo y se tomaron muchas precauciones: los seudónimos se mantuvieron hasta el final y los primeros anticipos de información filtrada pasaron por diversos filtros de encriptación. Snowden se muestra desde el primer momento seguro de su elección. Sus motivaciones, tanto éticas como sentimentales, nos muestran a un hombre con una férrea convicción sobre el papel que internet tiene que jugar en la sociedad futura. El informático recuerda con añoranza los primeros años de la red. Un espacio donde cualquier chaval, indistintamente de su localización, podía debatir ideas con expertos en multitud de materias. Internet es el ágora más grandioso del que ha gozado la humanidad en su historia. Un oasis para que cualquier individuo con afán de conocimiento pueda crecer.

A lo largo del film resulta casi imposible no admirar la calma con la que Snowden afronta su destino, así como el papel que quiere asumir en el filtrado de informaciones. Desde el primer minuto el informático tiene claro que desvelar su rostro demasiado pronto podría distraer la atención del asunto esencial: la información sobre los programas de vigilancia masiva. Uno de los valores del trabajo es precisamente ese: captar la evolución psicológica de un hombre que pasa del anonimato a ser el centro de todas las miradas, encontrándose encerrado en un cubículo dentro de un país que le servirá de refugio temporalmente. Es también un interesante ejercicio de análisis político. Ante unas filtraciones de tal magnitud, la comunicación política se ve inmediatamente superada por los acontecimientos. La versión institucional evoluciona penosamente en un proceso al que ya estamos tristemente acostumbrados: negación, matización y justificación.

Laura Poitras firma el film y corrobora su aura de cineasta crítica con el establishment político. Con Citizenfour, la estadounidense cierra una trilogía de documentales enfocados en la América heredera del 11-S. My Country, My Country (2006) aborda la guerra de Irak y sus consecuencias a través de la mirada de un doctor que decide presentarse a las primeras elecciones de 2005. Su trabajo como periodista y directora fue ganando notoriedad con el paso de los años, hasta que en 2010 estrena The Oath, una historia de de dos hombres que acaban en Guantánamo por haber pertenecido a Al Qaeda.

Obama, al que se le escucha en un pasaje del documental demonizando a Snowden —y pidiendo, como no podía ser de otra forma, su extradición— aboga a hacer cumplir la Constitución para defender la integridad de los Estados Unidos. Una posición hipócrita y que choca con uno de esos personajes tan citados por los norteamericanos, Benjamin Franklin. Como decía el político, hace más de 250 años: “Aquellos que renunciarían a una libertad esencial para comprar un poco de seguridad momentánea, no merecen ni libertad ni seguridad”.