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El 2014 fue un año importante dentro del mundo de la Fórmula 1, pues el título de pilotos conseguido por Lewis Hamilton con su Mercedes rompió la hegemonía de Sebastian Vettel y el equipo Redbull, la cual ya se había prolongado durante cuatro años. Sin embargo, si bien los nombres de los actuales campeones eran otros, el puesto de escudería dominadora simplemente había cambiado de dueño, sin obtenerse una ansiada igualdad entre los diferentes competidores. Por eso, pese a que los Mercedes siguen un paso por delante, hay muchas esperanzas puestas para la presente temporada, en especial tras los grandes bailes entre marcas de algunos de los pilotos insignia de este deporte.

Aquí es donde destaca especialmente el nombre de Fernando Alonso: tras cinco temporadas agridulces en el equipo Ferrari finalmente el piloto español optó por volver a McLaren, equipo del que había salido envuelto en polémica allá por 2007. Y digo agridulces puesto que se han mezclado victorias épicas con dolorosos fracasos, sobre todo después de quedarse a las puertas del título en los años 2010 y 2012. Para más inri, su puesto vacante en el cavallino rampante fue ocupado nada más y nada menos que por el propio Vettel. Pero 2015 también es un año especial para Fernando por otro motivo, ya que se cumplirá una década desde que en el Gran Premio de Brasil 2005, a mandos de su icónico Renault, se convirtiera en el piloto más joven de todos los tiempos en ganar un campeonato de Fórmula 1 que, además, fue sucedido por otra corona en 2006 —como gratamente recordará cualquier aficionado de nuestro país—. Nueve años han pasado desde que consiguiera el máximo título dentro de su deporte por última vez, nueve años que han dado tanto para temporadas discretas teniendo en cuenta sus aspiraciones (tres en Ferrari incluyendo la pasada campaña y en su retorno a Renault en los años 2008 y 2009) como para emocionantes envites que se resolvieron en la última cita con un meritorio pero en parte decepcionante subcampeonato.

Curiosamente, para muchos españoles esta historia nos sonará de algo. Efectivamente, no es la primera vez que a un piloto hispano le sucede algo similar, dado que otro genio de las cuatro ruedas sufrió en sus propias carnes la amargura de perder algo que alcanzaba a tocar con las palmas de las manos. Su nombre es Carlos Sainz. De hecho, los paralelismos entre las carreras de ambos pilotos son tan abundantes —y viendo las circunstancias, desafortunados— que no han pasado desapercibidos para muchos medios. Entre los más importantes destacan los dos títulos conseguidos en los inicios de sus carreras (que sin embargo no se volverían a repetir con el paso de los años), el cambio a otro equipo más puntero tras conseguir dicho bicampeonato y el posterior retorno a la escudería que anteriormente les había dado la gloria, esta vez con menos fortuna. Pero sin duda, entre todos los buenos y malos momentos de sus trayectorias, destaca uno de los episodios más tristes de la historia del deporte español, el rally de Gran Bretaña de 1998. Carlos Sainz no tenía buenos recuerdos de este recorrido –la última cita del campeonato- tras haber perdido en 1995 frente a su compañero inglés Colin Mcrae cuando ambos se disputaban el título. Las sospechas de que los mecánicos británicos habían trabajado más en el coche del segundo fueron habituales (en parte alimentadas por el hecho de que Sainz ya había oficializado un cambio de equipo para el siguiente curso). Sin embargo, el episodio de 1998 superó con creces las más negras predicciones. Cuando apenas quedaba menos de un kilómetro para finalizar el último tramo de la temporada, es decir, cuando el piloto español acariciaba el título de campeón, una rotura de biela en su Toyota le impidió finalizar la etapa. “¡Trata de arrancarlo Carlos, por Dios!” Las ya célebres palabras del copiloto Luis Moya, justo antes de estampar su casco contra el cristal trasero del automóvil, darían la vuelta al mundo. A día de hoy, sólo permanecen bromas acerca de una frase que apenas recogía la frustración que sintieron aquellos dos deportistas.

Luis Moya descarga su rabia contra el Toyota Corolla.

En el caso de Fernando Alonso, si bien nunca ha sufrido una situación tan cruel, tampoco puede presumir de haber vivido buenos finales de temporada en su etapa con la escudería italiana. Durante su época triunfal en Renault, aparte del indudable talento que demostró al volante, todo pareció salirle de cara. Primero, en 2005, se vio enormemente beneficiado por las averías de su principal rival Kimi Räikkönen, muchas de ellas cuando era líder (incluida una en la última vuelta, con el español yendo en segunda posición). Al año siguiente, cuando la superioridad del Ferrari de Michael Schumacher amenazaba el liderato del español y cuando menos se esperaba, el alemán tenía que abandonar en el penúltimo Gran Premio debido a una rotura de motor, la primera que sufría en seis temporadas.

Desde el momento que el asturiano cambió los colores del Renault —curiosamente coincidentes con los de su tierra natal— por el gris plateado del McLaren en 2007, esta situación se revirtió. En una temporada dónde se postulaba como el principal candidato a revalidar el título tuvo que enfrentarse a un inesperado enemigo, esta vez dentro de su propio equipo. La gran adaptación del inglés Lewis Hamilton a la Fórmula 1 cogió por sorpresa a todo el mundo, haciendo que McLaren tomara decisiones dudosas durante gran parte del año, muchas veces contra las aspiraciones del propio Fernando. Esta lucha interna finalmente se volvió en su contra como si de un castigo divino se tratase. Así, el finlandés Räikönnen pudo conseguir en el Gran Premio de Brasil su único título mundial, completando los pilotos del equipo inglés un amargo podio.

Alonso, triunfante, tras lograr su primer campeonato.

Ya dos años después, en Ferrari, Fernando volvió a experimentar una sensación similar. Iniciando su primera temporada con la escudería roja de manera excelente, y completando a lo largo del año una gran remontada, se presentó al Gran Premio de Abu Dhabi 2010 como líder del campeonato. Su ventaja en la clasificación le permitía hasta quedar cuarto para ganar el mundial. Sin embargo, una desafortunada estrategia adoptada por sus mecánicos le hizo imposible superar la séptima posición, que sumada a la victoria de Vettel le daba el campeonato al alemán. Perdía así una gran oportunidad para conseguir un ansiado tercer título. Pero su amargura no terminaría ahí ya que después de no poder competir de tú a tú con los Red Bull en 2011, Ferrari ofreció al español un coche muy competitivo de cara a la temporada 2012. A la mitad del campeonato Fernando disfrutaba de una ventaja de puntos importante frente a Vettel, incluso pudo saborear tremendas victorias como la del Gran Premio de Europa —celebrado en Valencia— donde, tras una espectacular remontada, una avería en el coche del alemán cuando éste iba líder dejaba en bandeja la victoria al piloto español. Pese a todo, cuando parecía que la fortuna, antigua y conocida compañera de viaje, le volvía a sonreír, ésta le dio la espalda de manera abrupta: en los Grandes Premio de Spa (Bélgica) y Japón Alonso abandonaba en sendas primeras curvas. En primer lugar, cuando el Renault de Romain Grosjean le pasaba literalmente por encima y en segundo lugar, cuando pinchaba debido a una colisión. En consecuencia, tras ver su ventaja en el campeonato desaparecer, el asturiano se volvía a presentar en el Gran premio de Brasil con opciones de ser campeón, si bien esta vez parecía más complicado que en otros años. El caprichoso azar permitió que Sebastian Vettel pudiera terminar una carrera que empezó con una colisión que perfectamente pudo ser catastrófica para sus aspiraciones, relegando al piloto español al subcampeonato por tercera vez en su carrera.

Es así como al revisar el historial de Fernando Alonso, a uno le queda sensación de que su leyenda podría haberse agrandado muchísimo más. Es curioso como a veces la suerte, de manera cruel, te sonríe para luego abandonarte por tus máximos rivales. Aunque también, de otro modo, se podría hablar de lo relativo de este concepto. Por ejemplo, si el Renault de 2005 y 2006 fue el más fiable de largo o si el coche de Vettel resistió un fuerte impacto no es tampoco fruto de la casualidad, sino que por supuesto hubo un admirable trabajo por parte de los ingenieros de su equipo.

Sebastian Vettel tras chocar durante el Gran Premio de Brasil 2012.

Lamentablemente, en el exigente mundo de la alta competición parece sólo haber hueco en la historia para los ganadores. “Nadie se acuerda del segundo clasificado” decía el gran Luis Aragonés. ‘’Soy un hombre muy afortunado, ojalá mis hijos tuviesen el cuarto de mala suerte que dicen que he tenido” confesaba por otro lado Carlos Sainz en una de sus múltiples entrevistas. Y tiene razón, tanto la carrera de éste como la de Fernando Alonso (cuyo incierto futuro en su regreso en Mclaren está por descubrirse) pudo haber tenido más victorias, más títulos, e incluso puede que los hijos de nuestros hijos no se puedan hacer una idea del increíble talento que demostraron en infinidad de ocasiones leyendo únicamente los registros de campeonatos pasados. Pero desde luego es innegable que han dejado una imborrable huella en el deporte de este país y en las mentes de todos aquellos aficionados que les han apoyado y seguido, y eso es algo que nadie les va a quitar.