La primera vez que oí hablar de Un actor a la deriva en clase, no entendí nada. «¿Un actor a la deriva? ¿Es que el actor está haciendo un viaje? Y si es así, ¿este hombre se ha perdido y se encuentra solo, vagando?» pensaba. Tras su lectura, la inmensa mayoría de mis interrogantes se disiparon debido al hombre que se escondía tras las palabras impresas; Yoshi Oida, el cual relata concienzudamente su bagaje junto a Peter Brook, no sólo respondió a mis preguntas sino que sembró semillas de nuevas cuestiones, algunas aún bajo tierra esperando a que sean regadas, pero otras ya han podido florecer alimentadas por curiosidad en lugar de conocimiento.

Comúnmente –o al menos, la imagen que yo tengo–, algunos artistas han tendido a mostrarse embriagados por la atmósfera tan hipnótica e incluso misteriosa que desprende la cultura oriental. El primero que me viene a la mente es sin duda el pianista de jazz Dave Brubeck, que pintó con su música vinilos vírgenes, dejando huella en los surcos de esos plásticos negros las emociones que Japón le causó. Mientras Brubeck emprendía éste viaje a oriente con su cuarteto, Yoshi Oida hacía lo mismo pero a la inversa; abandonaba Japón para empaparse de la cultura occidental. Me resulta sencillamente curioso el hecho de que un artista japonés –desconozco si sigue habiendo gente que rechaza la figura del actor como artista, porque si es así deberíamos defenestrarlos a todos–realizase ese viaje de investigación, al menos podría denominarlo como atípico. Sin duda, por muy poco común que sea o fuese, la jugada le salió bien no solo a Yoshi, sino al mundo de la interpretación occidental, que tiene la suerte de contar con alguien de este innegable calibre en las filas de su historia, pues ha sido alguien de fuera, un ser objetivo acerca del arte que se estaba practicando en occidente puesto que éste no le había dado a luz, teniendo la oportunidad de empaparse de él y de aportar una visión fresca, nueva y exótica como es la oriental.

Pienso que ese fue el plan de Peter Brook desde un principio. Juntar a una serie de actores de distintas procedencias sin importar su origen, creando así un punto de unión entre el mayor número de etnias posible para aprender uno de los otros con un mismo fin; hacer teatro, investigarlo al fin y al cabo, y renovarlo desde la humildad. Esta humildad me parece un elemento imprescindible y de innegable aparición pues se me antoja pensar que para aprender de los compañeros, llegar a un grupo de desconocidos que vienen de diferentes puntas del planeta para decir «esto es lo que os aporto yo», dejando a un lado los posibles nacionalismos para que esa aportación sea recíproca, es necesario hacerlo desde esa humildad del artista, esa humildad que tan necesaria es en algunos aspectos del mundo del arte de hoy en día. De este modo, la energía teatral era transmitida entre unos y otros a través de estos intercambios culturales y artísticos, pues como bien marca Oida en el libro, «la expresión teatral no es solo un simple intercambio de texto, sino un descubrimiento de las motivaciones que subyacen en él y provocan una conversación específica».

Al estar visto desde los ojos de un actor japonés, el análisis que realiza Yoshi sobre nuestro teatro –entendiendo “nuestro” teatro como el teatro occidental– es bastante curioso. Su sorpresa es inevitable; en Japón, los actores pretenden transmitir el máximo de verdad mediante unos medios escuetos, es decir, transferir unas emociones con el mínimo de recursos posible ya que al estar basado en la filosofía Zen, el arte tradicional japonés pretende eliminar todo aquello que no resulte esencial, reduciendo su expresión al mínimo indispensable para establecer una comunicación. Esto empuja al actor a realizar gestos y movimientos rudos para que luego éstos sean pulidos y cuidados y se conviertan, finalmente, en arte. En cambio, Yoshi apunta con gran acierto que en el teatro occidental se les permite a los actores ser más creativos a la hora de desempeñar sus funciones, pudiendo incluso cuestionar algunas pautas que el director establece. De este modo, se crea un vínculo comunicativo en relación al actor y al director, pudiendo trabajar más a fondo el personaje e incluso alcanzar un acuerdo mutuo, o mejor dicho, un resultado beneficioso para la obra que se está cociendo. Así, las obras no se limitarán a tener una lectura tradicional en la que el paso de los años no les afecte, pudiendo tener una visión más fresca o sencillamente diferente, exaltando unos temas u otros, creando una obra subjetiva. Esto es una increíble novedad para el actor japonés ya que difiere de todo lo que el arte de su tierra difunde; en Japón, dada la naturaleza estricta que caracteriza su senda del aprendizaje, las obras efectivamente no variaban con el transcurso de los años.

De este modo, la mezcla étnica realizada en la compañía de Peter Brook a partir de los años sesenta ha dejado una marca, un legado para que las generaciones que le suceden aprendan de este testimonio, pero sobretodo que cojan el relevo y continúen con la investigación teatral que Brook inició. Porque si él, junto con su compañía, ha conseguido cambiar la visión del teatro contemporáneo y universal, algún día los pupilos también lo harán elevándose con todo este aprendizaje, gracias a una serie de artistas, como Yoshi Oida, que analizaron el teatro de diferentes culturas desde un punto de vista honesto, práctico y sencillo, alejándose de prejuicios y enjuiciamientos hacia las otras etnias, evitando el comparar un estilo con otro, o imponer el suyo propio por el mero hecho de ser el suyo. Es fantástico apreciar cómo toda posibilidad de egocentrismo se ve eclipsada por una fascinación constante por aprender y crear.

En definitiva, el viaje realizado por el actor japonés se convierte en hito imprescindible para todo aquél hombre o mujer que dedica sus fuerzas al teatro. No es solo una serie de anécdotas o historias que te explican un cómo fue, sino un qué fue. Cómo ambos teatros llegaron a converger partiendo de una honestidad escénica y a reconocerse mutuamente. Se encuentran entonces las mutuas motivaciones que se esconden tras lo que aparentemente es un folio con un texto, pero que en realidad es un mundo en el que el actor, como bien dicta el estilo oriental, consigue vaciarse cual vasija. De este modo, el espectador puede moldearlo a placer o incluso rellenarlo con la cantidad y tipo de líquido que se le antoje. Al limpiarse, al estar «vacío», uno ya está preparado para trabajar con los demás actores y crear lo que Yoshi denomina «la energía humana fundamental» que se utilizará como lenguaje para intercambiar información entre uno y otro, trabajar codo con codo para dar vida al arte del teatro.