© Darick Robertson

© Darick Robertson

Garth Ennis es una bestia. Es un monstruo, un enfermo, un genio, un enajenado. Garth Ennis es irlandés. Garth Ennis es autor. Garth Ennis es, en definitiva, una de las mejores cosas que le ha pasado a la novela gráfica, a los cómics, en mucho tiempo.

¿Qué pasaría si los superhéroes existiesen? ¿Y si existiesen más allá de los cómics que cuentan sus hazañas?¿Y si esos cómics no fueran más que una representación aparentemente fiel de lo que hacen día a día por nosotros? The Boys nos muestra como son esos héroes con poderes en la realidad, detrás de las cámaras, detrás de las hazañas, reales o no. Y resulta que, citando a la propia obra, los superhéroes son unos hijos de puta.

Este autor de origen europeo ha dado al mundo anteriormente una de las obras más revolucionarias y polémicas del mundo de la novela gráfica: Predicador. Además también es el autor de uno de los mejores arcos argumentales del exorcista más sinvergüenza del universo DC, John Constantine (Hellblazer). Con The Boys, podemos disfrutar de su particular y enfermiza visión de lo que los superhéroes serían en la vida real.

Es cierto que la evolución de los cómics ha dado como resultado unas historias que ahora son más complejas que simples tipos buenos con dones especiales que todo lo que hacen es ayudar, sin embargo, Garth Ennis ha ido más allá en el reflejo de la complejidad y “humanidad” brutal de ser un superhéroe famoso.

Su obra The Boys muestra a la mayoría de esta “élite”, ya que no son iguales al hombre de a pie, disfrutando drogándose, violando, montando orgías y siendo en general los bastardos más grandes de la humanidad.

La historia comienza con el brutal asesinato de la novia de Hughie, un joven escocés asentado en los EEUU y que comparte rostro con el cómico Simon Pegg. La muerte de su novia, perfectamente evitable, es debido a la poca importancia que tiene para un superhéroe todo lo que se pone en su camino durante la persecución a un supervillano (qué también los hay pero están mas ligados y unidos unos con otros de lo que parece). Debido a esto Hugh es reclutado por una banda de gente normal que se dedica a “controlarlos” con métodos poco ortodoxos que incluyen sangre, vísceras y “terror”. Este grupo, liderado por Carnicero, está formados por un tipo con superfuerza con complejo de Edipo, un francés que no sabía que hacer tras la guerra y tiene alguna que otra tara mental, y “la hembra”, una joven de origen asiático que nunca habla y tiene cierta fijación con arrancar caras.

La manera enfermiza pero creíble de la ultraviolencia que describe Ennis e ilustra Darick Robertson nos muestra que quizá nuestros ídolos tienen más sombras que luces (en muchos sentidos) y que no todo lo que se nos cuenta es cierto. Todo tiene dos caras y no está de más verlo a todo color, en un sangriento y explícito cuadro narrado con maestría, salpicado no solo con palabrotas si no también con diálogos inteligentes que nos hacen pensar sobre hasta que punto conocemos la realidad que nos rodea y quienes realmente velan por nosotros.