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Simone de Beauvoir

Hace unos días me acerqué a la FNAC que se encuentra en Nuevos Ministerios buscando “La Plenitud de la Vida”, el segundo tomo de las memorias de la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme con que allí no solo no se hallaba dicho título, sino que brillaba por su ausencia cualquier otra publicación de la autora, incluido su archiconocido tratado sobre feminismo y existencialismo “El Segundo Sexo”. Jean-Paul Sartre sí tenía, sin embargo, su trocito de cielo entre las estanterías del comercio. No es la primera vez que me ocurre. Bien podría decirse que sí, que la FNAC de Nuevos Ministerios es más pequeña y tienen, asimismo, menos cosas. Pero eso no haría sino lograr que me reafirmase en mi indignación: si el sitio es más pequeño, así que hay menos cosas y, por tanto, hay que hacer criba, ¿están insinuando que, de prescindir de algo, lo prescindible es de Beauvoir? 

Anaïs Nin

Aquella misma tarde, en aquella misma superficie, me dejó atónita encontrar por primera vez en los dos años que llevo siguiéndola una de las obras de la escritora (¿estadounidense? ¿francesa? ¿cubana? ¿española? Biografía demasiado compleja a sus espaldas para acabar de determinarlo) Anaïs Nin: “Delta de Venus”. Un conjunto de relatos eróticos que Nin escribió por encargo a un cliente anónimo y que no son, ni por asomo, representativos del trabajo de la artista. Para ponerle la guinda al pastel, el libro se veía flanqueado por algo así como “Suplícame” de Sylvia Day y otra publicación de inspiración erótico-festivo-comercial a lo “Cincuenta Sombras de Gray” más. Porque a ver, está claro, ¿Anaïs Nin incluida entre los clásicos de la literatura extranjera con sus principales Diarios? ¿Para qué, si de ese ambiente ya tenemos a Miller y de ese formato nos quedamos con Proust?.

 

Elena Garro

Elena Garro

Meses atrás recuerdo haber comentado inocentemente en una conversación con una amiga “Deberías leer a Plath, a Pizarnik, a Sexton” y la respuesta que obtuve fue “Lees a muchas mujeres, ¿no? Creo que jamás he leído a una mujer”. Lo cierto es que era algo que nunca me había planteado. “Ariel” había sido mi libro de cabecera desde los dieciséis años, y también se me mezclaba con algunos otros tales como “El Retrato de Dorian Gray”, cuyo autor, Oscar Wilde, era un varón. Pero a partir de ese momento me puse a hacer retrospectiva y caí en la cuenta de algo importante: a los seis Enid Blyton, a los diez JK Rowling, a los catorce Lucía Etxebarría, a los quince Almudena Grandes, a los dieciséis Sylvia Plath, a los diecisiete Anne Sexton, a los dieciocho Alejandra Pizarnik, a los diecinueve Simone de Beauvoir y a los veinte Anaïs Nin. Resultó que desde siempre, y sin siquiera planteármelo por no haberme cuestionado nunca la existencia o no existencia de lo conocido como brecha de género, había consumido literatura escrita por mujeres. Y al parecer, a mis veintiuno, por primera vez en mi vida, alguien me hablaba de frente y me abría los ojos a una realidad que yo no había sido capaz de percibir: Plath, Pizarnik, Sexton, no eran nombres que en una conversación de cigarro en mano y pseudointelectualidad en boca fuesen a mezclarse fácilmente entre (aclamados actualmente por la tendencia literaria protohipster) clásicos tales como Charles Bukowski, Jack Kerouac, Ernest Hemingway o Herman Hesse. Por una sola y única razón que nada tiene que ver con la originalidad, profundidad o calidad de sus escritos: ellas eran mujeres.

Siri Hustvedt, novelista, poeta y ensayista estadounidense, afirma al comienzo de su libro “El Mundo Deslumbrante” que “todas las creaciones intelectuales y artísticas, incluso las bromas, las ironías o las parodias, tienen mejor recepción en la mente de las masas cuando estas saben que, en algún lugar detrás de una gran obra o de un gran engaño, se encuentra una polla y un par de pelotas”.

Lo cierto es que por razones ajenas a nosotros mismos y a nuestro tiempo actual, el contexto histórico patriarcal en que

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Siri Hustvedt

se ha desarrollado el mundo hace que a día de hoy el número de escritoras femeninas si echamos la vista atrás sea irrevocablemente menor que el de escritores masculinos. Eso es, al mismo tiempo, innegable e irremediable. Sin embargo, lo que sí es bastante denigrante es que, ya que han sido pocas las mujeres que han podido desarrollar sus capacidades en contra de todas las convenciones e impedimentos, las que lo han hecho hayan quedado para la posteridad como vanos fantasmas prácticamente traslúcidos que se evaporan en el momento en que su cónyuge o amante entra en escena. Que incluso se atribuyan muchas veces o se justifiquen sus éxitos con la aparición de dicho cónyuge o amante. Es el caso de las ya mencionadas Nin o de Beauvoir, de otras tales como Elena Garro (escritora, periodista, poeta y dramaturga mejicana que cometió el doble delito de alzar su voz sobre opiniones contrarias y de contraer matrimonio con el Premio Nobel de Literatura Octavio Paz), así como la propia Hustvedt que, casada con el escritor Paul Auster, se convierte en otra más de las víctimas de este estropicio intelectual y artístico que parece que todavía en pleno siglo XXI sigue apasionándonos alimentar. Que desde la entrega del primer Premio Nobel de Literatura en el año 1901, de los 110 galardones asignados, únicamente 14 de ellos se les han otorgado a mujeres y, si bien es cierto que en los últimos 20 años se concentran 5 de dichas 14, lo cual supone un aumento con respecto a décadas anteriores, 5 sobre 20 no deja de ser un 25% del total.

Pero en fin, solo digo que me gustaría no tener que construir la identidad de las literatas en base a la identidad de sus “hombres”. Que cuando me pregunten “¿Quién es Anaïs Nin?, no tenga que responder “La amante de Henry Miller”, y no vayan a respirar aliviados mis contertulios porque ahora sí que ubican, ahora sí.