Hace unos días, viendo el telediario, llegué a la conclusión de que hay un gran problema. No paro de fijarme como el papel del político ha cambiado. Ahora ser administrador público no tiene que ver con tu capacidad de gestión o tu habilidad para resolver situaciones de emergencia nacional. Hoy el político es un mediador. Un nexo de unión entre el ciudadano y un ente, lejano y difuso, denominado ‘mercados’.

Me sorprendí pensando que, si cada vez que escuchamos dicho término pensamos, por ejemplo, en el intento de controlar la furia de un dragón, el discurso seguiría teniendo sentido: “el dragón ha reaccionado bien a los nuevos recortes, está estabilizado y nos da margen de actuación”, o “el dragón se encuentra más tranquilo, por el momento, después de dos días convulsos tras la victoria de Syriza“. Lo preocupante es que sea cual sea la magnitud del tributo que nuestros políticos lleven a la cueva del dragón, éste siempre resultará insuficiente.

Cargos muy reputados, gurús de las financias y presidentes de diversos organismos internacionales insisten una y otra vez en seguir alimentándolo. Gente que habla de progreso real, de creación de empleo y de no sé qué proyecto nacional, acorde al gran potencial que atesoramos. Mentira. Hemos llegado a un modelo de gestión pública en la que, ante todo, lo que prima es calmar a los mercados. Ver su evolución, tratarlos bien. Si se enfadan, ‘reajustar’ con inteligencia. Si están tranquilos, dejar que la cosa fluya hasta que todo vuelva a ir mal. Porque a los mercados, si se pueden caracterizar por algo, es por su humor tremendamente cambiante.

Ayer El Confidencial, en colaboración con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), sacó a la luz diversos informes de la denominada ‘Lista Falciani‘, un conglomerado de cuentas bancarias opacas alojadas en el banco suizo HSBC. Según las informaciones aportadas por el medio, 2.694 clientes de dicha lista estaban relacionados, directa o indirectamente, con España. Y aunque tener el dinero en Suiza no requiera obligatoriamente incurrir en un delito de evasión fiscal, sí que se destila mucha hipocresía desde algunas esferas nacionales de poder.

El ya fallecido Emilio Botín, abanderado mayor de la ‘Marca España’, es uno de los grandes nombres propios de la lista. La familia que dirige el mayor banco español ocultaba, según las estimaciones, cerca de 2.000 millones en HSBC. En su caso, el dinero no tributado se encontraba escondido tras ’empresas pantalla’, entes que no realizan actividad alguna y sólo facturan. Después de que Falciani entregase el documento a Hacienda, se produjo la llamada ‘regularización’. Esto es, el pago de más de 200 millones de euros, por el cual admites que te han pillado y te lavas las manos. La investigación de Hacienda no pudo ir a más debido a “la complejidad de las estructuras patrimoniales” del banco. El entramado societario del Santander es muy complejo, lleno de bifurcaciones legales que imposibilitan rastrear el dinero que mueve la multinacional —y la familia que la gestiona —.

Nombres de futbolistas, reyes o empresarios hacen compañía a los de narcotraficantes y vendedores de armas . Aunque pueda parecer fría, la reacción más consecuente ha sido la de Ramón López Villas, exmagistrado del Tribunal Supremo, abogado y poseedor de 2’7 millones en el HSCB. “No tengo ningún problema ético con ello, no soy de los que van de moralistas“, explicó López Villas a El Confidencial. Desde luego el acto le honra: si te da igual la bonanza social del país al que has servido, qué menos que decirlo.

No es el momento de echarse las manos a la cabeza, pensando en lo ciegos que estábamos ante un engaño de tal magnitud. Estas prácticas son un hecho, son la constatación de que la evasión fiscal a gran escala es un acto cotidiano y normalizado entre las grandes fortunas. La concentración de capital es un peligro, una muestra de los vicios inherentes al capitalismo.

Lo más demoledor es la absoluta certeza de saber que lo que se ha encontrado es, siendo generosos, sólo la punta del iceberg. También preocupa que las medidas nacionales sirven de más bien poco cuando el juego se libra a nivel internacional. Estados Unidos, China, Rusia, Europa… al fin y al cabo da igual la procedencia. Lo que te sitúa en posiciones privilegiadas es tu capacidad para arrastrar capital de un banco a otro.

La soberanía nacional es un concepto cada vez más diluido en la denominada ‘economía de mercado’. Si el capitalismo sigue mostrando deficiencias para autorregularse y marcarse límites habrá que comenzar a pensar en que la crisis ya es algo terminal. Las opciones de que esto ocurra son amplias, teniendo en cuenta que los encargados de legislar y poner líneas rojas son, en muchas ocasiones, los que ocultan patrimonio haciendo alarde de un inusitado patriotismo. Todo ello deja al ciudadano confundido y casi maniatado: lo único que desea, al fin y al cabo, es no ser el siguiente en saciar el hambre del dragón.