Cayo Lara no se presentará a las primarias de Izquierda Unida. Una decisión nada sorprendente y que llega tarde, pero una decisión que, al fin de al cabo, ha sido más que acertada. He criticado mucho a Cayo, sobre todo en el aspecto de su retirada, pero le honra que su salida de la cabeza del partido sea así. Izquierda Unida necesita renovación, pero una renovación verdadera, no como la socialista con ese despropósito llamado Pedro Sánchez que copa portadas y titulares ridículos.

Cayo Lara se va porque ha llegado Podemos. Así de simple. Que Cayo Lara tenía que dejar paso a una generación más joven llevaba siendo algo evidente desde hacía años, pero que el efecto se haya precipitado justo en uno de los momentos más delicados de la historia de Izquierda Unida es evidente. Lara lo deja en un momento de alguna manera similar al momento en el que él empezó a liderar la formación: una evidente crisis de partido, si bien no tan grave y diferente a la que le tocó remontar a él.

El partido que cogió en 2008 era un partido sumido en una profunda crisis, donde parecía que el bipartidismo se había comido a cualquier resquicio de partido pequeño (sin contar el chiste que es UPyD) no nacionalista. Colocó 9 diputados más de lo que había conseguido Gaspar Llamazares en las anteriores elecciones, y supo de alguna manera aprovechar el tirón del 15M para colocarse como tercera fuerza política. Pero como se ha visto, esto no fue suficiente, e Izquierda Unida ha sufrido las consecuencias.

La irrupción de Podemos, la fuerza pujante por la izquierda, ha desbaratado la posición de Izquierda Unida, quitándole miles de votantes desencantados que se han pasado al partido, ahora si oficialmente, liderado por Pablo Iglesias. En medio de ese tumulto hemos sufrido un cambio de Rey, un cambio de secretario general del PSOE, la polémica entre Sosa Wagner y Rosa Díez y, en última instancia, el relevo de Cayo Lara.

En todas las quinielas nos encontramos con un nombre claro y favorito para liderar el camino hacia la Moncloa de Izquierda Unida. Alberto Garzón tiene el perfil perfecto para ser el candidato ideal de la coalición de izquierdas a las elecciones: joven pero con gran experiencia parlamentaria, con ideales fuertes y capaz de ser crítico con su propio partido. Esto, sumado a concesiones como el hecho de haber renunciado a su sistema de pensión del Congreso de los Diputados (algo que, por desgracia, da más votos que tener una política económica buena) puede hacer remontar a una Izquierda Unida en caída.

Pero sin duda, la clave para la salvación de Izquierda Unida es la formación de una gran coalición de izquierdas con un Podemos que ha relajado mucho su programa electoral, acercándose peligrosamente cada vez más a una especie de reflejo del PSOE de 1982. Alguien tiene que apretarle las tuercas a Podemos, y tiene que ser alguien capaz de hacerlo sin recurrir a ETA, a la palabra “populismo” sin saber que significa y a todos esos cientos de ejemplos estúpidos que nos llegan cada día de la prensa generalista, ofuscada en el mantenimiento del régimen constitucional.

El momento actual es la clave. Sea quien sea el heredero de Lara (aunque muchos estamos de acuerdo que Garzón es la mejor opción posible) Izquierda Unida necesita un candidato fuerte que obligue a Podemos a unirse a ellos antes de que se conviertan en un burdo partido socialdemócrata en pos de la victoria electoral (como está sucediendo actualmente) y antes de que exista la posibilidad de un pacto PSOE-PP. Porque seamos claros, Podemos no va a ganar las elecciones en 2015 mientras el voto del PP siga siendo tan sólido y el PSOE siga aglutinando a gran parte de una izquierda demasiado acomplejada como para admitir que ha votado a los “populistas” o a los “comunistas”.

El giro moderado en el programa de Podemos tras la asamblea ciudadana del pasado Octubre, es cuanto menos, una gran preocupación para la izquierda de este país. ¿De verdad que tenemos que renunciar a la izquierda para ganar? ¿Desde cuándo el término “izquierda” tiene una connotación tan negativa que hemos tenido que cambiarlo por “ciudadano”? Sí, es preocupante ver como un partido que originalmente se presentó como una alternativa a la izquierda del país, liderado por gente que siempre se ha considerado de izquierdas, le da la espalda a una identidad que nunca debió perderse. Si ni siquiera el Partido Popular se ha esforzado por ocultar sus repugnantes orígenes, ¿Por qué debería la izquierda renunciar a una marca y a un debate con la derecha que, por mucho que le duela a las posiciones más liberales, sigue más vigente que nunca?

Por ello Izquierda Unida tiene que demostrar ahora una actitud fuerte y renovada, y sobre todo, suponer un desafío a Podemos. Solo mediante el desafío podrá crearse una gran coalición de izquierdas al estilo de SYRIZA, cuyo líder Alexis Tsipras ya ha manifestado en varias ocasiones la necesidad de una confluencia en la izquierda española. Y lo más importante, toda la izquierda, incluyendo también a Equo, Compromis y la izquierda nacionalista vasca y catalana, tiene que demostrarle a Podemos que la única manera de salir victorioso y seguir siendo de izquierdas es la gran coalición. ¿O es que no aprendimos nada del Frente Popular?

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