21 de Mayo de 1983. Seguramente a un aficionado al cómic que se le pregunte por esa fecha no tendrá nada que decir. Si le preguntan a continuación por Alan Moore, tampoco. “V de Vendetta” se público por primera vez en 1982 y “Watchmen” no llegaría hasta 1986.

Entonces, llega el momento de dar una pista importante: 2000 AD. Si se está preguntando a un verdadero apasionado, y no a uno de esos chaqueteros que sólo leen lo que se ha adaptado del cine o lo que han visto en alguna de esas repelentes revistas de tendencias donde se contiene una selección basurera esqueje de la posmodernidad, entonces sabrá sin duda que 2000 AD es la mítica revista británica donde muchos de los hoy más célebres autores se han dado a conocer.

En efecto, se trata del tebeo “sci-fi” más importante a nivel europeo (el “Metal Hurlant” francés queda bastante atrás) y quizás a nivel mundial, no sólo por la impronta posterior que han tenido los autores que por él se han paseado, sino porque algunas de sus historias se han convertido en verdaderos clásicos, célebres y re-editados hasta la saciedad. Sin ir más lejos: Judge Dredd, el policía del futuro que muchos sólo conocen por una bochornosa película realizada en los noventa de la mano de Sylvester Stallone.
Si la persona cuestionada es realmente hábil, sin duda se habrá atrevido a afirmar que lo que le están preguntando pensará sin duda en ese último personaje. Caliente, muy caliente, pero… ¡No! 

El caso es que el 21 de Mayo de 1983, en el número 317 de 2000 AD -que por aquel entonces era de periodicidad semanal-, tuvo lugar la aparición de dos carismáticas figuras que aún a día de hoy son dos completos desconocidos. Hablamos de D.R. (a.k.a. Waldo Dobbs) y Ernie Quinch, la pareja de estudiantes borrachos extraterrestres creados por Alan Moore al guión y -nada menos- Alan Davis al dibujo (si, ese que ahora mismo anda dibujando los Vengadores y minucias por el estilo).

D.R. es la mente más retorcida y creativa de esta diabólica pareja. Tiene la clásica imagen de gamberro norteamericano de los 50 (tupé a lo Elvis incluido) y una labia y elocuencia desmedidas. Sus monólogos, narraciones y fragmentos de su diario que aparecen en sus historietas no tienen precio. Por su parte, Ernie Quinch, robusto, grande y regordete, es un sujeto aparentemente retrasado cuya única frase hablada es “sasto” (vano intento de decir “exacto”); y sin embargo, cuando es él el narrador de los relatos -veces en las cuales, por cierto, se da lugar a algunos de los momentos más divertidos- demuestra una coherencia mezquina del todo insospechada. Ellos dos son, sin duda, el terror de la galaxia.

Tras una memorable primera historia en la cual estos dos psicópatas alcoholizados viajaban a la Tierra con una máquina del tiempo y, entre otras cosas, enseñaban el uso de la violencia a los nehandertales (sencillamente inolvidable), sus peripecias y sus prácticas de delincuente juvenil fueron publicadas en 2000 AD de forma irregular hasta 1985, con el mismo equipo creativo hasta la última historieta donde cambiaron al guionista.

De una obra de estas características, estando escrita y dibujada por quienes está, sólo se puede esperar una cosa: calidad. La dupla Moore-Davis, que tan buenos resultados tuvo posteriormente con el Capitán Britania, funciona aquí excepcionalmente bien. Y ello pese a que el tono ácido y humorístico de estas historietas sale fuera del terreno habitual en el que campan estos dos artesanos de la historieta.

Los guiones, una sucesión de gags y parodias mezclados con elementos de la ingeniería propia de un genio, no tienen el tono oscuro y profundo que es característico de Alan Moore (sin ir más lejos, su “triángulo de oro”: “V de Vendetta”, “Watchmen” y “From Hell”). El estilo caricaturesco de las ilustraciones, aunque  con un grado de detalle encomiable, se aleja de el porte majestuoso con el que Alan Davis recrea a sus personajes -habitualmente en aventuras épicas, o con personajes tan distinguidos como Thor o el Capitán América-.

Así, “D.R. y Quinch” es una de esas pequeñas joyas escondidas en el tiempo que de vez en cuando nos regala el andar hurgando en el baúl de los recuerdos o en el stock de tebeos antiguos y olvidados de una tienda pequeña y polvorienta.

A diferencia de otros grandes personajes, como Judge Dredd -el cual es el personaje emblema no sólo de 2000 AD sino también del cómic británico en general así como de algún que otro autor de renombre (Brian Bolland)- o Dan Dare (que tuvo una presencia importante en 2000 AD aunque su origen no corresponde a esta revista), D.R. y Quinch no han sido beneficiados por una buena política de re-edición.

Eso quiere decir que de sus aventuras han disfrutado quienes hace 29 años pagaron veinte peniques y pocos más: algunas recopilaciones se editaron en números especiales de la propia 2000 AD y menciones esporádicas en monografías acerca de Moore y Davis. En España, hace ya 11 años se publicó un tomo recopilatorio por Otakuland. Y en fechas muy recientes -2010- se publicó por parte de Rebellion un tomo con sus aventuras completas.

En parte se debe a que pese a la calidad de las historietas, son un número muy escaso de ellas y ello les impidió alcanzar en su día mayor notoriedad. Ya se sabe, no todos los días un personaje de calidad se convierte en un Spiderman (super-héroe cuya primera aparición, curiosamente, tenía un número de páginas similar a la de estos gamberros intergalácticos). No siempre sobreviven ni se conocen los mejores, pero afortunadamente no es excesivamente complicado hacerse con un ejemplar de tan simpático dúo.

De todas maneras, no es sólo el carisma arrollador y los demoníacos planes de ambos lo que llena la serie, sino que existe toda una galería de individuos tan esperpénticos como los protagonistas que los acompañan y contribuyen a dar a sus correrías fuerza, versatilidad y -sobre todo- grandes momentos de humor.

De los secundarios que aparecen en sus páginas destacan sobre manera Pulger, un atormentado y demente veterano de guerra (evidentemente, es una alegoría en clave de broma a Vietnam) y Chrysoprasia, una joven “niña de papá” que de modosita y ultra-religiosa pasa a ser una psicópata criminal con el único objeto de impresionar a D.R. Ellos y otros contribuyen a la creación de un universo inesperadamente rico donde la comedia y un ocasional pero nada desdeñable sentido de denuncia y profundidad coexisten y van de la mano.

Y es que, como bien diría el bueno de D.R., “el universo es algo, ya sabes, tío, muy complicado”.