Coged vuestra petaca, los motetes  y cuatro cajetas de tabaco porque nos vamos de viaje  al 73. Reed juega en su cancha local, Nueva York, aunque coqueteando con el Morgan Studios londinense para dar a luz su tercer álbum en solitario, Berlín. Lou ya había dejado atrás la época de Velvet Underground  junto a los años invertidos en la Factory neoyorquina de Warhol. Todo aquello que habría valido la pena vivir; Brian Jones compartiendo una birra con Dylan, Bowie observando como Mick Jagger se tiraba a su mujer o a Dalí y Ginsberg colocándose como jodidos demonios. Suicidio, violencia de género, drogas… en definitiva, un sórdido regalo a la humanidad que trata los temas más delicados de la época a través de la historia de una paria pareja de jóvenes adictos.   Aunque el trabajo no recibió una cálida bienvenida por parte de la prensa, ha sido una obra que ha trascendido a lo largo de los años hasta el punto de servir como fuente de inspiración, no sólo para otros músicos, sino para artistas de otras índoles.

Este es el caso de Andrés Lima, que nos trae a las Naves del Español del Matadero de Madrid, tras haber estrenado en el Teatro Romea de Barcelona, su pequeño tributo a Lou Reed, Desde Berlín. Adaptación teatral de los diez temas que contiene el álbum, relata la historia de amor de dos personajes marginales de la sociedad, Jim (Pablo Derqui), un yonqui sin blanca y Caroline (Nathalie Poza), una prostituta de primera línea. Ambos actores han tenido, sin lugar a dudas, un titánico trabajo del que estoy seguro han firmado con orgullo y sudor en la frente; desnudos integrales en escena, cambios de humor constantes y sobretodo una demoledora y clara influencia de las drogas –haciendo hincapié en la heroína– y del alcohol. Honestamente, salvan la obra de milagro –si obviamos la voz de Nathalie y el “virtuosismo” de Pablo a la guitarra, que en un par de ocasiones se atreverán a interpretar en escena, dejando mucho que desear–.

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Desde Berlín es sin lugar a dudas, un ambicioso proyecto al que Juan Villoro, Juan Cavestany y Pau Miró no consiguen hacerle justicia. Exceptuando un par de monólogos y la primera escena de ligue entre Jim y Caroline –muy por los pelos–, el texto nos duerme con un blablablá continuo en los primeros veinte minutos, narrándonos paso a paso todo lo que va a ocurrir a lo largo de la obra para que, efectivamente, en los cincuenta y cinco minutos restantes, ocurra lo que ya nos han contado, convirtiendo escenas de trascendencia –tanto en el disco como en la obra– en algo anecdótico. No hay sorpresa, no hay gancho… no hay sabor. Como consecuencia, esto me hace pensar que si la obra hubiese durado tan solo veinte minutos, quizá  –y solo quizá– podría haber llegado a ser digerible, ya que cuentan lo que quieren contar en ese tiempo, sobrándoles muchos momentos de largos bostezos.

Por otro lado, la escenografía, que corre a cargo de Beatriz San Juan, se me antoja interesante; la cama donde crecieron como pareja. Esta –aunque en una ocasión juega el rol de una esquina de la calle– será el centro y reflejo de su vida, pues irá moldeándose a medida que su universo se degrada: Sexo, drogas y Berlín sonando en cada escena, pecando de latoso en alguna que otra ocasión pese a la estratagema de sorprender al público con vídeos (Miguel Ángel Raió) que acompañaban el hilo musical en un par de escenas. También un divertido juego de luces  que serán esenciales en la puesta en escena, proyectando la sombra de Caroline cuando está al piano o a Jim bailando.

Como estudiante de teatro, he de reconocer el esfuerzo que se esconde detrás de la obra y el mérito que tiene haber llevado a escena un proyecto de tal complejidad. Como espectador, después de que me hayan estafado entre veinticuatro y dieciocho euros por esta obra, salgo en busca de una copa que anestesie mi cólera, cantando el clásico single de Cee Lo Green.