“Mankind was born on Earth,

it was never meant to die here.

We must confront the reality

that nothing in our solar system can help us.

We must confront the reality of interstellar travel.”

La anomalía: el Santo Grial de la ciencia ficción, aquello que permitirá al hombre superar la barrera del tiempo, no sólo con la inmortalidad, sino con su dominio. Como toda reliquia que se precie, se encuentra guardada por algo más temible que el Cancerbero o las maldiciones semíticas, algo tan temible como son las leyes de la Naturaleza y todo lo que de ellas se implica. Pero igual que hemos tomado las riendas de la termodinámica, el electromagnetismo e incluso en cierta medida hasta de la radiación, he aquí que Nolan augura que lo haremos también con la más testaruda de las leyes, la gravitación, y tendremos finalmente la clave de la modificación espacio temporal.

La alteración del espacio tiempo es quizás el campo de la física que más impacto tiene sobre los ‘laicos’ a la disciplina, porque supone el fin de la vida tal como la conocemos, seáse una experiencia tridimensional que avanza sin pausa ni vuelta atrás, en una sucesión que a fuerza de repetirse acaba por crear el espejismo del ciclo. Las consideraciones a realizar sobre el tiempo son extensas y confusas con la particularidad de que es inalienable y todos lo sentimos de igual manera, pero relativamente. Ningún día parece durar igual que el anterior, por no hablar de semanas y meses; algunos años se esfuman, otros parecen no tener fin. Lo cierto es que el tiempo es un tejido flexible, entrelazado al del espacio que conocemos, aunque técnicamente ambos son la misma cosa, y como tal puede comprimirse y expandirse por acción de la fuerza misteriosa de la Gravedad.

Si leyendo hasta aquí sientes la curiosidad típica por el misterio de esta dimensión aún sin explorar, entonces deberías ver Interstellar. Si ya la viste, estarás conmigo en que el nuevo boom de la ciencia ficción tiene su merecida justificación en el esplendor exótico de la ciencia moderna. La humanidad científica lucha hoy en día por alcanzar el control de lo que siempre fue de las divinidades. Hacía tiempo -relativo, como siempre- que no caía en nuestras pantallas una narrativa que pusiera a la ciencia en tan buen lugar, no como creadora de máquinas de guerra, teléfonos holográficos o un Internet despampanante para el disfrute de la vida, sino llanamente como su única salvadora. La anomalía y los fantasmas paradójicos que crea es sin duda una faceta interesante de la película, con gancho y espectacularidad, pero es sólo uno de los eventos que podría dar lugar a la apología subyacente de la razón aplicada a la supervivencia.

La ciencia es la madre de la supervivencia, gracias a ella surge la tecnología, que pone en manos del primate la piedra afilada y ante los ojos del Homo Sapiens el transbordador espacial. Quizás por el camino hayan surgido sofisticaciones como Facebook, odiado y amado a partes iguales, pero al final sigue habiendo quien daría la vida por algo como Internet en el contexto de una nueva era glacial. En su día Colón pretendió romper la barrera de las dos dimensiones apostando que la Tierra era esférica, y gracias al barco lo consiguió. Ahora especulamos estar en dos puntos del espacio al mismo tiempo contrayendo el tiempo, y la misma ciencia que nos trajo el barco es la que nos dará el artefacto que lo haga posible. Los personajes de Interstellar son el nuevo Colón, el símbolo del explorador que descubrirá la tierra prometida, lanzados a la infinitud del océano Universo con una fina capa de aluminio entre ellos y la nada en un viaje sólo de ida. Qué arde en el pecho de los vivos para enfrentarse a lo desconocido con tal de propagarse, ese es el núcleo de la historia; las hazañas que realizamos, su desarrollo.

Como obra de entretenimiento diseñada para ser observada y disfrutada, la película de Nolan viene con buenas credenciales. Bebiendo de clásicos de la ficción futurista como 2001: Odisea en el espacio para recrear la parte oculta del espacio, las presencias desconocidas de Contact o la fuerza y la epicidad de Sunshine, la cinta se presenta consistente. Si Gravity pareció, argumento aparte, una película que entraba por los ojos, Interstellar pone ante nosotros ese espacio hostil sumando paisajes planetarios de fantasía, vórtices esféricos y el agujero negro más espectacular y convincente de la historia del cine, por mencionar sólo algunas piezas. El ritmo de la narración se mantiene constante, sin acelerarse demasiado según avanza y dejando tiempo para los detalles. A Matthew McConaughey, actor polivalente, le sienta bien sentarse a los mandos de la nave Ranger y flotar en el vacío, aunque a veces se pase de héroe; mención especial para Matt Damon que hace la salida de escena más explosiva y satisfactoria de toda la película, sin spoilear a nadie. La única nota disonante no es la banda sonora, que cumple, sino -y esto es discutible- esas escenas sensibleras y clichés del amor que no me acabaron de llegar a empapar, más bien lo contrario, me alejaron de la acción. Habrá quien las encuentre más humanizadoras para los personajes en una situación tan hostil como la que se encuentran, e incluso un poderoso motor para la trama. Para finalizar, a quienes dicen : “para que la relatividad sea efectiva hay que acercarse a la velocidad de la luz, ningún cuerpo lo soporta” o “nadie puede acercarse a un agujero negro sin resultar despedazado por el efecto marea”, se trata de una película, donde lo imposible se hace real.