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Siempre he pensado que una serie o película destaca sobre las demás en cuanto sus personajes secundarios son capaces de ofrecernos una ristra de alternativas loables y que, a pesar de su pequeño papel, consiguen que jamás olvidemos sus aportaciones. Pienso lo mismo de los festivales. ¿De qué me sirve pagar un riñón por ver a Pearl Jam y Arcade Fire si después, en las horas muertas, tengo que elegir entre comerme los mocos o aguantar al peñazo rompebragas de turno? Un festival despunta por contar con una segunda línea potente que, al igual que los personajes secundarios, conforma la oferta de salsas y especias. Nadie quiere una hamburguesa a palo seco.

Me abstendré de halagos y onanismos hacia una serie de la que poco hay que decir porque Los Simpsons siempre serán un modelo: por ser políticamente incorrectos, por su irreverencia, por Homer Simpson. Ha supuesto una fuente inagotable de lecturas y carnavalizaciones sobre la sociedad y la naturaleza humana encontrando en la cultura popular un filón inmenso para intentar superar nuestros excesos y defectos. Homer nunca ha destacado por su profesionalidad o por ser un trabajador eficiente, pero un día se encuentra con la jugosa oferta de la empresa Globex para formar parte de un proyecto cuyo nombre para él ni importa; según sus dirigentes, su figura seria imprescindible para la consecución de la operación. Un hombre cuya labor diaria ni siquiera puede llamarse labor, ejerciendo sin título alguno una profesión de renombre y con la pachorra de un funcionario de la administración.

Lleva lustros trabajando para el mismo hombre, el Sr. Burns, cuyo trato con sus empleados se vuelve anecdótico, una persona a la que el mínimo contacto humano asquea, a pesar de la inoperancia de muchos. Es una situación beneficiosa para Homer: ni incentiva ni produce, y nadie presenta objeción alguna. Pero llega el momento en el que tiene que demostrar su valía ante un nuevo capullo. Seguramente un tipo arrogante y pretencioso, con mocasines y pañuelo de seda; pero la realidad es bien distinta cuando un simpático individuo se presenta en la nueva casa de Los Simpsons (vivienda patrocinada por la empresa, por supuesto). No iba demasiado acicalado, pero su imagen causó cierto pasmo en la familia al ver que no poseía una figura deformada y que su semblante y tono despertaban la mayor de las simpatías.

“Buen olor, pelo sedoso, dentadura perfecta; lo que se dice un tipo con clase” (Homer, el hereje)

Ese hombre es Hank Scorpio, multimillonario y filántropo. Es aquel jefe que saca tiempo para sus asalariados hasta en medio de una maratón, el que se interesa por sus penurias. Patrón intachable. Su talante parece ser una parodia del billonario británico Richard Branson (aquél que irrumpió de manera tan divertida en la F1 con Brown GP) y sirvió a Matt Groening para ofrecernos un retrato descompuesto sobre los nuevos ricos y su fresca figura. Puede ser, probablemente, el personaje cuyo recuerdo más brille en la mente de los incondicionales más amarillos, porque quien no quiere ser como Hank Scorpio quiere que su jefe sea como él: un hombre afín, adalid en lo público y en lo privado. Otra de las razones de su escaso desgaste es que su aportación a la serie no va más allá de un capítulo y alguna que otra referencia posterior; a diferencia de personajes como el Actor Secundario Bob, cuya fuerza ha ido desapareciendo a lo largo de sus apariciones.

Se ha vuelto bastante común entre los empresarios el tratamiento cercano y comprensivo para con sus empleados, sobre todo después de la ola de innovaciones en recursos humanos abanderada por empresas como Apple y demás compañías del Silicom Valley. Los viles propósitos de Scorpio no riñen con una política laboral cercana y de vanguardia, demostrando que con afecto es posible sacar lo mejor de tus trabajadores sin la necesidad de que éstos conozcan la naturaleza de tus prácticas habituales. Toda empresa tiene sus secretos, acuerdos y convenios más obviados por la simple necesidad de conservar su imagen e identidad de marca. No importa si se trata de armas, explotación infantil o si pretendes coaccionar a los a los hombres más poderosos de la Tierra porque detrás de toda operación, comando o atentado terrorista hay un grupo de personas que hacen posible su éxito y Hank Scorpio nos abre los ojos al presentarnos los más bajos eslabones desde una dimensión humana y profundamente sarcástica.

Tras una breve estancia en Cypress Creek, Homer abandona su puesto de trabajo convertido en una figura indispensable para la consecución del Proyecto Arcturus. Dudo que él supiese siquiera en qué consistía, pero consiguió parte de su sueño al convertirse en el dueño de los Broncos de Denver (un mediocre equipo de la Liga Nacional de Fútbol). Homer le debe mucho a Hank Scorpio: depositó en él toda su confianza y consiguió llevar la felicidad a la familia Simpson; por eso, y por otras muchas cosas, siempre será recordado como el mejor jefe de la historia.