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Imagen del Salvados del 9-N / EL PERIÓDICO

Ayer me reencontré con Jordi Évole. Después de una serie de programas algo insustanciales con los que habían dado comienzo su nueva temporada televisiva, en el programa de ayer Salvados volvió a lo que, a mi juicio, mejor se le da: a la actualidad más exacta y repentina, tal y como hicieron con sus dos soberbios programas sobre el conflicto vasco. En un programa algo más extenso de lo habitual, Évole abrió el tema catalán a todos los espectadores dando voz a todos sus componentes, atendiendo a quien realmente debía hablar, y realizando una entrevista política a Artur Mas mucho más satisfactoria que la que pudimos ver hará pocas semanas en El Objetivo. Vale que quizá la charla de ayer tuviese menos enjundia que la realizada por Ana Pastor, pero sí resultó ser más fluida, con un Artur Mas más cómodo, y como quien no quiere la cosa regaló a Évole el titular que Pastor buscó con (demasiada) insistencia: “Jordi Pujol ha sido un corrupto, y ha hecho fraude”.  Por si fuera poco, hubo conatos del Évole que, personalmente, yo echo de menos: ese personaje irónico con la velocidad de sacar los colores a su entrevistado propia del revés de Roger Federer: cuando preguntó a Artur Mas la coincidencia entre la fecha de la consulta y los 25 años del Muro de Berlín, la reacción de orgullo del President parecía más propia de un Celebrities de Muchachada Nui. Por no hablar de las pullas de Gran Casa, o el ascensor secreto “que podía llegar hasta Andorra”. Ecos del Évole más mordaz, aquel que pudimos ver cuando su programa se encontraba a medio camino de la crítica sarcástica y de la representación más cruda del drama social de la España de nuestros días.

ALBERT GEA (REUTERS)

Colas para votar en Barcelona / Albert Gea (Reuters)

Aunque la mayor virtud del programa de Salvados fue preparar para el televidente para la noticia que llegaría después. Su programa aportó una mayor comprensión a los datos facilitados sobre la consulta y a muchos despejó las verdaderas intenciones de esta. Gracias a Évole, muchos espectadores miraron con otros ojos lo realizado ayer en Cataluña. Por encima de todo, lo pudieron entender. O más o menos, se acercaron.

Al final, la consulta soberanista fue un éxito para todos. Más de dos millones de personas acudieron a votar, y como era natural, la gran mayoría de estos votaron sí a las dos cuestiones presentadas. Los datos son extrapolables para todos los gustos. Por un lado, la participación fue baja si nos atenemos a los seis millones de catalanes que podían votar la consulta (alrededor del 30%), contando que se podía votar a partir de los 16 años. Por otro, el esfuerzo de movilización de una consulta “alternativa” como era este referéndum soberanista es claro. Que a pesar de todas las amenazas, problemas estructurales y el simple hecho de no ser una consulta al uso, más de dos millones de personas se movilizasen para dar su apoyo a un proyecto independiente es muy meritorio. Hay que dejar claro que las condiciones de la consulta eran proclives para una mayor movilización de quienes estaban a favor: quienes estuvieran en contra no iban a movilizarse en una consulta “especial”, y seguramente un gran sector de la sociedad catalana, tanto a favor como en contra, sí se movilizaría si la consulta tuviese trascendencia real.

Pero entre todos los sectores que ayer creyeron tener algún tipo de éxito, sin duda alguna fue la figura mesiánica de Artur Mas quien más salió fortalecida. Mas solo necesitaba la celebración de la consulta para triunfar: si el estado central se hubiese movilizado contra la consulta ipso facto, la imagen de la policía impidiendo a una gran masa poder votar hubiese dado la vuelta al mundo entero. En cambio, la jornada trascurrió sin ningún tipo de complicación, y Mas pudo hacerse una foto que también buscaba: el pueblo catalán movilizado jaleándole como un profeta en su tierra. La jornada de ayer fue sin duda un puñetazo en la mesa del dirigente catalán, la cual acabó henchido y renovado de condiciones para enfrentarse tanto al gobierno central como a sus actualmente mayores competidos: Esquerra Republicana de Catalunya.

Con todo, lo realmente importante, y que todo ciudadano catalán y español debería mantener en su retina, fue la sensación de júbilo que impregnaba el aire ayer respirado en Cataluña: la alegría, la mirada esperanzadora de la enorme masa que ayer fue a apoyar el proyecto soberanista es sin duda el punto a tener más en cuenta, la parte que ni la prensa conservadora española podrá rechazar. Ayer Cataluña rezumaba esperanza y fue a votar como quien se siente parte de un momento relevante, y no de forma autómata. Desde la posición externa en que he seguido este momento, las sensaciones que rezumaban los votantes no eran de obligación, sino de formar parte de un todo. Ayer, cada uno de los dos millones de votantes del referéndum fueron un ente independiente en el sentido más estricto de la palabra: un ente independiente que creyó que su participación podía cambiar las cosas.

Mariano Rajoy podrá seguir escondido todo lo que quiera, pues quien no dice nunca nada, nunca se equivoca: pero no puede escapar de que un gran sector de la población (está bien, no mayoría, pero eso no desdeña el número) quiere cambiar las cosas. Y su combativo rechazo sin ni siquiera sentarse a reflexionar sobre lo ocurrido sólo granjeará votos a aquellos sectores a favor del cambio. Cierran los ojos ante la evidencia: algo está pasando en Cataluña.

Habrá que esperar para conocer la verdadera trascendencia de esta consulta, pero la que no podremos negar es la trascendencia del movimiento que el referéndum tiene detrás: la situación de España y Cataluña nunca volverá a ser la misma. Nos encontramos ante un conflicto de enorme envergadura, donde nuestros dirigentes deberán sentarse a releer una situación sin igual, que cambia totalmente el panorama acontecido en los últimos años. En Cataluña algo se está moviendo y respuestas de absoluto rechazo únicamente sobredimensionarán el conflicto. Esperar de Mariano Rajoy una respuesta coherente y apremiante podría considerarse una utopía, pero quiero pensar que tanto la gente que le rodea, como aquellos que le combaten, no están ciegos ante una realidad que, con jornadas como la de ayer, están tomando forma.