“¿Teatro? ¿Eso tiene salidas? Con todo el respeto del mundo, pero me parece una puta mierda”. Esta es una cita textual de una de las muchas reacciones que he padecido ante la respuesta a la típica, casi mítica, pregunta de un sábado noche; “¿y tú, qué estudias?”. La historia de la humanidad es una obra sin fin en la que nosotros, pobres ánimas perdidas en este relato inmortal, tenemos la suerte de ser los dramaturgos, actores, directores a los que les sigue un largo etcétera. La vida es una función en la que no nos percatamos que no estamos jugando más que un rol o un papel.

Hoy no voy a emborracharme a puñaladas contra las costumbres culturales del ciudadano medio español –ya llegará el momento en el que me ahogue en ese fango-, tan solo me beberé un par de copas y me iré a hacerle el amor a mi cama como quien no quiere la cosa; vengo a hacer una apología al teatro.

Para empezar, el teatro en España no es un arte muerto pese a lo que muchos se puedan pensar. De hecho, está vivo y coleando. Y vaya si colea. Desde que me he adentrado en este delicioso lance no he parado de encontrarme a fanáticos del teatro con edades que recorren desde los dieciocho, hasta Dios sabe qué edad tienen todas esas canas que he visto en la escuela. No puedo evitar pararme a reflexionar acerca de la inmensa magnificencia que tiene el ver la pasión tan arrolladora que comparten una niña recién salida del instituto con un hombre en el atardecer de su vida, trabajando y aprendiendo codo con codo para alcanzar un propósito común; hacer teatro. Esta creación se abre cual abanico y nos muestra un sinfín de alternativas e intenciones que genios enterrados nos dejaron como herencia. Desde entretenimiento de masas pasando por desenmascarar la verdad de la sociedad humana. Fue el mismísimo Arthur Miller el que dijo que el teatro es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma y que, precisamente por eso, no puede desaparecer. A ver si alguien se atreve a desmentirlo.

Pero el punto más enardecedor de todo este asunto es sin duda la visión tan poco práctica que recibe el teatro por parte del ciudadano español, siendo antónima a la belleza que comentaba hace un momento. Mismamente hablaba con un amigo hace un par de días sobre que en muchos teatros del centro urbano de Madrid rebajan las entradas hasta reducirlas a la mitad de su coste original. El primer problema es que sobren entradas –gracias al cielo que viene Peter Brook a darle un toque de atención a la capital y a dejar las salas sin butacas- pero el hecho de que los teatros de una ciudad tan rica a nivel cultural no estén a rebosar es la peor honra que podríamos hacerles a Valle, Lorca, Calderón o Lope, entre otros que también han de estar llorando en sus ataúdes. Entiendo que la parte económica siempre está presente para segarnos por completo, ¿pero con estas rebajas? No hay excusa. Sacrificar una noche de borrachera para coger a tu novia, invitarla al teatro, embeberte la obra –porque hay cosas de altísima calidad por ahí que no se tienen en cuenta-, tomar un par de birras y quedar como Dios, sale a lo mismo y además promueves el teatro español y ayudas apoyando a toda la gente que hay detrás de la función y a todo su trabajo, que no es poco. No me malinterpretéis, tampoco digo que polvorices a un autor cada vez que descorchas una botella como en el grandilocuente anuncio de A3Media en el que dejas sin empleo a un pizzero cada vez que te descargas un disco de internet.

En definitiva, id al teatro. Aprovechémonos de esa suerte que a veces se nos olvida que tenemos al vivir en un país que tiene más que suficientes motivos para alardear de una cultura tan rica y de la que muchos otros se sentirían orgullosos de tener.