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Pirlo se lleva el balón ante la mirada de Sturridge. (www.diariamenteneuquen.com.ar)

 

El calor de Manaos no era tiempo para un acontecimiento histórico. Las condiciones extremas hacían imposible presenciar un gran esfuerzo por parte de los deportistas. Pero ahí estaban, Inglaterra e Italia, y el mundo se paró ante ellos. Poco importaba lo sofocante que fuese el clima, no era importante la remota localización de la cita. Iba a producirse un partido de Mundial. Los gladiadores salían al anfiteatro y nosotros solo podíamos jalearles, aunque fuese a través de una pantalla. ¿Cómo explicar a un novicio la relevancia que implicaba ese momento? ¿Cómo explicarle el olor de ese aroma tan propio de los grandes acontecimientos, que altera nuestra sangre desde épocas pasadas? La solución, nuestra obra maestra favorita de la exposición, saltó al campo, miró al tapete y supo lo que ocurriría en él antes de que pudiésemos verlo. Y lo hizo con la serenidad de quien se sabe Dios.

Cuando las miradas estaban puestas en las estrellas comunes, la mayor estela de la primera jornada la ha generado Pirlo. Pirlo, un jugador que pega un pase de 35 metros al pie con el mismo pragmatismo con el que lleva la ropa a la tintorería. Que nutre de pases antológicos a sus compañeros prácticamente andando y te afirma que Italia va a ganar el Mundial enfundado en su mejor traje, rascándose la cabeza, como si se acabase de despertar y estuviera pidiendo un café. Un genio, vaya. El recital que dio en un Inglaterra Italia inolvidable está fuera del alcance de todos los jugadores que conforman el fútbol actual. Porque el de Brescia pertenece a una vieja escuela, representa el triunfo del clasicismo y del talento frente a las imposiciones del balompié moderno.Si no había motivos suficientes para seguir un Mundial, este nos presenta la última vez que podamos asistir a la exhibición de Pirlo en un Coliseo. Y eso es suficiente motivo como para permanecer atento a la pantalla.

Pirlo fue sin duda el perfecto ejemplo que ponemos los futboleros para demostrar que nuestro amor por este deporte está fuera de la alienación de quienes los componen y de los tejemanejes de quienes lo dirigen. Sabemos que el fútbol no es para tanto, pero es por gente como Pirlo por quienes nos hacemos devotos a esto. Es el sacerdote que se asegura de que hemos participado en todos sus sacramentos. Y no solo él rindió cuentas al Dios del fútbol, sino todo el equipo de Italia, que visto lo visto en la primera jornada, podría convertirse en el equipo sensación del campeonato. Ya habíamos asistido al cambio en la confección de su juego en la Eurocopa, dejando de lado la guerra de tanques y trincheras y apostando por espadachines justicieros: envueltos, astutos y habilidosos. Su juego se acerca al que dispuso España en la Eurocopa de Austria de 2008, cambiando la rabia y orgullo hispánica por el metodismo y la técnica del fútbol italiano. Italia es un equipo que primero te desangra con su espada y luego espera a que agonices derribando  su muro. Abandonar su competitividad mostrada en cada competición de relevancia sería una traición mayor a su propia historia, y sobre todo, un total desperdicio. En este momento, Italia se postula como el equipo más completo del Mundial, aquel que más posibilidades ofrece, tanto al fútbol, como al espectador.

Inglaterra, su contrincante en el campo, tuvo más enjundia de la que los medios internacionales y los propios ingleses nos habían vendido. De hecho, para el que aquí suscribe, todavía joven, el equipo que representa a la “pérfida Albión” (sic) para este campeonato es el más interesante que hayan mostrado en lustros: no solo cuentan con experimentados jugadores de alta alcurnia, como Rooney o el resucitado Gerrard, sino que también cuentan con el talento de jóvenes explosivos y alocados, como Sterling, Sturridge o Barkley, llegado para alcanzar el Olimpo. Inglaterra no sólo presentó dificultades a Italia, sino que pudo ganarle un partido fabuloso, uno de esos que explican la etiqueta de un Mundial. No fue la única sorpresa entre aquellas selecciones que suscitaban dudas en su rendimiento: Francia, aunque ante un rival de mucho menor bagaje como Honduras, también gustó y se gustó, presentando una mano de póker muy sugerente: Benzema, Griezmann, Pogba, Matuidi. Y sin Ribery. Son aquel participante en la mesa al que despreciabas pero al que no debes apartarle la mirada, pues en un momento dado, puede darle la vuelta a tus bolsillos.

El otro gran aspirante al título es un viejo conocido llegado de tierras bávaras. Alemania pasó por encima de un Portugal desdibujado, un eco de aquel equipo de antaño y que suponemos que podría (y debería) conformar. Sus jugadores llevan mucho tiempo oliendo la gloria pero siendo incapaces de alcanzarla. Cuentan con la experiencia dada por reconocer sus propios errores. Y eso asusta.

¿Decepciones? Sin duda alguna, Argentina y Brasil. Y no por ello son menos favoritos al título, ni mucho menos. Pero dada la etiqueta que mantiene el torneo y su expectación generada, tenemos derecho a ser exigentes. Argentina podría ganar un partido sin ni siquiera esforzarse gracias a la cantidad de talento y definición que recoge su delantera, pero suscita dudas la poca confianza del seleccionador ante su plantel, escogiendo un planteamiento tan tosco como la defensa de 5 ante un rival tan neófito en estas competiciones como Bosnia. Brasil puede llegar a arrasar como la guerra de tanques acabó con Polonia, pero la poca ortodoxia de sus métodos hace considerable preguntarse si realmente es tan necesario prescindir del fútbol para ganar partidos.

Todo queda a expensas de España, destrozada tras uno de sus mayores naufragios. Sus jugadores son capaces de recuperarse de la humillación si nos atenemos a sus capacidades deportivas. La duda reside en la psicología. El equipo quedó visiblemente hundido. Por el bien del fútbol, deberían reconsiderar su posición ante el Mundial. Una edición donde las botas de Pirlo salen a relucir, está necesitada de grandes hazañas. Dejarse llevar por el aroma de los grandes acontecimientos. Nosotros, pese a todo, estaremos jaleando.