Hoy, 25 de marzo, no es un buen día para el aficionado al rock. Primero fue la absoluta decepción que ha producido el single de Black Keys, un tormento discotequero impropio de la banda con el único y claro fin de convertirse en unos aspirantes a Coldplay, al coste que sea, incluso si hablamos de tirar abajo una dilatada y notable trayectoria. Hay grupos a los que no les conviene ser populares: por muy hipster que suene mi razonamiento, que un grupo abandone sus principios y su estilo por el único hecho de ser más famosos no me parece digno de respeto, pero aceptaré a quien me diga lo contrario. Qué demonios, allá ellos. Por lo menos tardaron en convertirse en famosos.

La segunda decepción del día es la confirmación de que los Stones estarán en España, concretamente en Madrid, el 25 de junio. Esta frase, así dicha, es un oxímoron en toda regla. “Rolling Stones” y “decepción” no caben, por norma lógica y razonable, en la misma frase. Son los jodidos Rolling Stones, el mejor grupo en activo: los más grandes. Con la formación que todos nos sabemos de memoria: Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood, Charlie Watts. Y de postre, con colaboración de Mick Taylor, probablemente el mejor guitarra que haya pasado por la banda, el que les dio lustre en sus mejores años.

Music - Rock - The Rolling Stones - Super Bowl XL - Detroit

Pero los Rolling Stones llegan a Madrid al Santiago Bernabéu. De todos es sabido que, puestos a acudir a un estadio, el Vicente Calderón es más apropiado en cuanto a características y sobre todo a sonido. Pero bueno, eso es un problema secundario. El principal es el disparatado coste de las entradas. 100 euros sin IVA (lo cual, al 21%, lo dejará en torno a los 120) es el precio de pista. En grada, 125 euros, sin contar el IVA. ¡Incluso el gallinero está a 85 sin impuestos! Aunque para mejorar la broma, las primeras filas costarán 200 euros (el doble de una entrada normal de pista, lo nunca visto). Soy firme partidario de que la primera fila de un concierto se gana con sudor y tiempo. Ahora no. Ahora se gana por rico.

La frustración se hace mayor cuando te enteras de que, un mes antes, van a estar tocando en el Rock In Rio Lisboa por 69 euros, un día antes de Queens Of The Stone Age, dos de Arcade Fire. Encima el precio del transporte, ocio y hospedaje en el país vecino es menor que el de aquí, y eso que sobre el papel, Portugal es un país más afectado por la crisis que el nuestro. ¿Quién te iba a decir a ti que la opción Rock In Rio sería la que menos dinero te timase?

Pero aquí en España no. Aquí el precio es desorbitado. Ver en el Bernabéu a los Rolling Stones, esperar 8 horas para entrar a un concierto donde aquel tipejo del Rolex en la muñeca y Chrysler en el garaje llegará cinco minutos antes que tú y encima te privará de estar cerca de las estrellas. En pista estarás rodeado de gente propia de una romería: como ya pasó con AC/DC y Bruce Springsteen, la mayoría de los asistentes a eventos multitudinarios como estos son gente que va porque hay que ir. Aunque no haya oído Midnight Rambler en su vida. Y se dedicarán a hacerse mil y una fotos y a grabar el concierto entero, en mala imagen y a tomar por culo, subiendo mientras suenan las guitarras de Richards y Ron Wood las fotos a Instagram porque hay que dejar constancia in facto de que estás viendo a los Rolling. ¿Para qué ir si no? ¿Para escuchar la música? ¿Para dejarse absorber por sus canciones? Que va, vivimos en un mundo inmediato, hay que colgar en Facebook las fotos de los Stones después o incluso durante el concierto; hay que pasarse hora y media con la mano levantada grabando un vídeo que nunca vas a volver a ver más allá del día siguiente que lo enseñarás a tus colegas y pondrás un extracto mucho menor del total grabado; y sobre todo, hay que estar en los Stones, porque son los Stones, y punto. Muchos creerán que estoy exagerando, pero no son pocos los testimonios que recuerdan un Palacio de los Deportes abarrotado para ver a Black Keys y sólo viniéndose abajo con Lonely Boy. De verdad, hay gente así. Así que, después de dos horas de concierto a 200 metros del escenario rodeado por 20 mil cámaras y unos cuantos pijos contándose su vida, te toca salir de ahí, que ríete tú de salir de un concierto multitudinario en el Bernabéu. Aquello debe, es y será el infierno.

Y lo peor de todo, es que al acudir al concierto estás alentando que te tomen el pelo. Que te pidan precios disparatados por cualquier momento de ocio. En 2003, una entrada de pista para ver a sus satánicas majestades costaba 40 euros (y ya hay quien dijo que era cara). En 2007 no superaba los 50/60, ahora el precio se duplica, el impuesto también y no puedes quejarte, porque son los Stones, porque tienen que cobrar eso. Y el precedente queda ahí. La próxima vez que AC/DC pise la península, o Bruce Springsteen o U2, por dar ejemplos de grupos llena estadios, no costarán menos de lo que este año van a costar los ingleses. En 2, 3 años, su precio se incrementará en 20, 30 euros. Y lo veremos normal, porque tiene que ser así, que sigan incrementando el precio que nosotros cuales borregos seguiremos pagando. Estamos convirtiendo al concierto, al medio donde el músico llega al oyente, en un espectáculo elitista para potentados. Muchos seguidores de los Stones, probablemente mucho mayores fans que gran parte de los que acudan al Bernabéu, no podrán nunca pagar ese precio desorbitado, y si lo hacen, deberán comer arroz con atún durante tres semanas seguidas, como me veo haciendo yo. Pero no podrán quejarse, porque las cosas son así.

Y probablemente los Stones llenen el Bernabéu en pocas horas. ¡Que buen síntoma para la cultura de los conciertos! No, es ironía. Que yo sepa las salas de conciertos a precio de dos cervezas están prácticamente desiertas día sí día también. La mayoría de los asistentes al concierto no asistirán a más en un año, en un lustro, quién sabe si en una década. Ojalá acudir a ver a los Rolling potenciase las ganas de escuchar música en directo, pero todos sabemos que no es así. Pasa lo mismo con el fútbol: las entradas para el mismo Bernabéu cuando juega el Real Madrid están a precios disparatados, pero se llenan, de un público selecto que acude a ver el encuentro como quien va al teatro en domingo, al menos en su gran mayoría. El público que acude al Bernabéu no va asistir a los partidos del Getafe o del Alcorcón para saciar su hambre de fútbol. Evidentemente, no todos, pero una gran mayoría no lo va a hacer.

Probablemente, a estas alturas de artículo, a usted el lector le debo estar pareciendo un hater exhalando bilis por la única razón de no tener dinero para ver a uno de sus grupos favoritos. Probablemente sea así. Pero quiero dejar claro que el capitalismo, el acto consumista exacerbado de una élite para únicamente una élite, es el responsable de que no pueda acudir a ver a los Stones. Y que en caso de que al final, al ser mi primera vez, mande mis principios al fondo del Manzanares, me deje los 120 euros por ver con prismáticos a Mick Jagger y Keith Richards, a menos que el primero se acerque al final de la pasarela unos cinco minutos a saludar a los miserables pobres del fondo, y acabe intentando disfrutar un concierto rodeado de señoritos hablando y sacándose fotos para el recuerdo, aunque eso conlleve comer tortilla francesa durante dos meses y medio, pues tendré que tragarme el orgullo y sobre todo, el desprecio al mundo consumista, aquel donde conseguir entradas para un concierto implica un esfuerzo desmedido que en estos años de crisis no se debería permitir. Para acudir a un evento musical de dos horas hay que dejar de vivir de forma razonada: para entrar en el selecto grupo de aquellos que van a ver a los Rolling Stones, tienes que dejar de hacer todo lo demás. Y encima, no en las mejores condiciones. Y así potencias la cultura, haciendo que sea un sufrimiento. ¡Joder con el Rock N’ Roll, que caro sale disfrutar de esto! Y después de desahogarme, solo quedan dos opciones: arrastrar la sensación de ultraje hasta el punto de no asistir al concierto, o tragar. Pasar por el aro. Seguir corriendo en la alocada rueda de la sociedad consumista, que parece no descarrilar jamás. Callar y acudir a la cita con los ídolos de tu vida. Que al fin y al cabo, puede ser la última vez que pisen España.

No quiero despedirme sin recordar, que Bon Jovi, máximos representantes de la música de radio-fórmula y estandartes del rock de estadios, ofreció las entradas para su concierto en Madrid el 27 de junio en el estadio Vicente Calderón a precio amigo, es decir, entre 12 y 30 euros. El propio Jon Bon Jovi lo explicó así en una entrevista a Mariskal rock: “Cuando me enteré de que la economía española tampoco andaba muy bien (…) accedí a hacer el concierto en un estadio dado que, al fin y al cabo, daría trabajo a muchas personas. Es una manera de agradecerle a los fans españoles estos treinta años de apoyo incondicional. Queremos demostrarles que no vamos a tocar allí por dinero, sino para reafirmar esa relación que se ha forjado entre los fans y nosotros. Es nuestra manera más sincera de decir: `Gracias´.”  No hay más preguntas, señoría.