En 1991 U2 era una banda que parecía que ya había consumido todo su éxito, y cuya imagen de chicos buenos católicos irlandeses ya estaba desfasad. La recepción de “Rattle & Hum”, esa banda sonora mitad directo mitad estudio que el cuarteto había editado en 1989 como continuación del magnífico “The Joshua Tree”, fue tibia, como si se esperaba más de una banda que si bien había conseguido mutar de sonido, no se había librado de esa imagen seria e intensa que mostraba tanto en sus discos como en sus directos.

U2 se cansó de ser U2, o al menos de ser los que habían sido hasta entonces. Todo tenía que cambiar radicalmente. Basándose en el Bowie de Berlín, donde grabaron parte del disco, y en la siempre creciente popularidad de la televisión, los realities y los personajes televisivos, U2 creó dos obras que permitieron al grupo sobrevivir y hacer historia. Estas dos obras fueron el disco “Achtung Baby”, última obra maestra del grupo, donde los sonidos electrónicos y la experimentación barrieron de golpe  a los viejos U2, y el tour Zoo TV, que duró hasta 1993 e incluyó otro álbum, “Zooropa”.

En el tour, la banda se transformó radicalmente. Los espectáculos eran grandilocuentes y casi grotescos, liderados por las diferentes personas que adoptó Bono (McPhisto, The Fly, Mirror Ball Man) y las numerosas proyecciones y números especiales creados para canción. Zoo TV fue el primer gran tour de estadio que una banda de tal calibre se atrevió a hacer de esa manera, creando escuela (Muse, The Killers…) y sirvió para subir a U2 en una torre de popularidad y credibilidad que si bien parece que ellos mismos la han derribado, les consolidó como una banda histórica y relevante en la historia de la música rock.

El renacimiento de U2 ha servido como base para mucha bandas, y aún se considera uno de los más espectaculares de los últimos años. Desde entonces, algunos de los cambios de sonido e imagen en bandas han ido para bien y otros simplemente acabaron en desastre Incontables grupos han intentado variar su sonido para bien o para mal. Suele ser algo que se vea bien, pero en ocasiones no podemos negar que el cambio puede llegar a ser malo.

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En el año 2013 pudimos asistir a varios cambios de imagen notables, como el paso al disco ochentero de Daft Punk o los jugueteos con la música negra de Arctic Monkeys, pero si me tengo que quedar con una banda que me recuerde más a lo que le pasó a U2 en 1991, esa es sin duda Arcade Fire. En 2013, con su cuarto disco “Reflektor”, Arcade Fire se abrieron a un nuevo horizonte, creciendo como banda y encontrando un nuevo sonido imagen que, a pesar de haber encontrado detractores, era más que necesario.

Las primeras referencias de “Reflektor” empezaron a verse a mediados de 2013, cuando una serie de pintadas con el logo del proyecto aparecieron por varias ciudades del mundo. Un tipo de campaña viral, al estilo de la del “Dig Out Your Soul” de Oasis pero con una repercusión mucho mayor y con tendencia a abarcar todo el globo (incluso en Madrid hay una pintada al menos). No se sabía a ciencia cierta si esto correspondía a Arcade Fire, pero los rumores no tardaron en estallar.

La siguiente fase del proyecto consistió en  la sucesión de unas cuantas actuaciones en directo sin previo aviso en las pequeñas salas donde Arcade Fire había debutado ya hace más de una década, pero bajo el nombre de “The Reflektors”, ese alias que ha permitido a Arcade Fire mutar como lo hizo Bono con su The Fly. The Reflektors es la versión fiestera y trajeada de Arcade Fire, donde los conciertos han pasado de ser una reunión de lágrimas para convertirse en un enorme carnaval, en una gran fiesta.

Por último, se anunció una fecha y una hora concretamente el día 9 del mes 9 (septiembre) a las 9 de la noche. Esa era la hora en la que se presentaría el nuevo single de Arcade Fire, “Reflektor”, además de una fecha de presentación de varias canciones en el programa Saturday Night Live y el anuncio de un corto en directo del grupo. Una extraña y exitosa estrategia comercial cuyo resultado fue más que positivo, y el hype generado aumentaba cada día que pasada.

Y pese a la filtración del single un día antes del estreno, “Reflektor” caía como una bomba en el panorama musical, presentando una nueva cara de Arcade Fire que dividió a los fans y a parte de la crítica, pero cuya sensación general fue muy positiva. La canción es todo un temazo, y sus 7 minutos y medio de duración llenaba de nuevas influencias y sonidos a la banda, mostrando una evolución y renovación basadas en la pista más bailable de “The Suburbs”: “Sprawl II”.

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Musicalmente, “Reflektor” recuerda a muchas cosas, pero también suena único, y eso es lo que la hace una gran canción. Hay ecos a los Talking Heads del “Remain in Light”, al David Bowie de “Lodger” (recordemos que hace un cameo en esta canción) y a la música hipnótica de Haití, donde Win Butler, líder de la banda, encontró inspiración para el disco tras irse de luna de miel con su mujer, Regine, vocalista del grupo de origen haitiano.

Pero en la canción y en el disco hay un factor que hay que tener muy en cuenta, y es la presencia del grandísimo James Murphy, que tras la separación de su grupo LCD Soundsystem (esenciales para entender la música de esta década) se puso al frente de su primera empresa seria antes de continuar con su carrera. La producción del álbum es distinta a los discos anteriores de la banda, y la influencia del proyecto más exitoso de James es más que notable, sobre todo en los largos desarrollos instrumentales y en los sintetizadores, abundantes en el álbum.

Tras una espera de dos meses, el álbum salió el 29 de Octubre de ese mismo año, y como pasa con los discos de este tipo, fue recibido de una forma polarizada. Podemos concluir que a “Reflektor” o lo amas o lo odias, y abundan tanto las opiniones de cercanía a obra maestra como las de basura infecta. Opiniones, cada individuo tenemos una, pero yo me pongo al lado de los primeros. ¿Y por qué?

Para empezar, tenemos que empezar a asumir una cosa y es que “Reflektor” es un cambio necesario para la banda. Uno, simplemente, no puede ser una banda de lloricas eternamente, a riesgo de caer en un enorme bucle de pedantería y aburrido sentimentalismo. Arcade Fire han podido abandonar este barco a tiempo, pero sin dejar de ser ellos (“Awful Sound”, “Supersymmetry”) y eso es un mérito que se debe tener muy en cuenta.

Lo segundo es la complejidad, no solo musical, si no artística del álbum. “Reflektor” es un disco cerrado, que no se aprecia de la misma manera si no se escucha del tirón (aunque sea largo, porque es un disco bien largo). Podríamos catalogar el álbum como el regreso a los conceptos de “Funeral”, con sus reflexiones sobre la muerte, pero esta vez desde otra perspectiva. Los que han hecho “Reflektor” ya son adultos, y Win y su mujer Regine (ambos vocalistas de la banda) ya son padres, lo que hace que la perspectiva del álbum sea distinta al de su debut.

“Funeral” es un disco solemne, lleno de emociones, de melancolía, tristeza y dolor, pero con esa fuerza vital que caracteriza a la banda. Sin embargo “Reflektor” es todo lo contrario, expresa esas emociones en un carácter festivo, pero sin abandonar ese toque melancólico. Presentando la muerte de otra manera, lo cual a su vez es interesante, y refleja la evolución de la banda a lo largo de estos diez años que han transcurrido entre ambos álbumes.

El disco se divide en dos CDs, dos mitades con sus particularidades. La primera parte es la menos Arcade Fire de las dos, y es donde los nuevos ritmos electrónicos y tropicales se dejan sentir con más fuerza. Abrir un disco con la anteriormente mencionada “Reflektor” y que funcione ya de por si es difícil, y mantener el nivel también, pero durante las primeras siete canciones la banda se desenvuelve con soltura y naturalidad, sabiendo que es su nuevo terreno.

Así, los sintetizadores ganan terreno en “We Exist”, mientras que “Flashbulb Eyes” es precisamente una de las canciones que definen el sonido del disco, donde en poco más de dos minutos se sucede una serie de melodías bailables y casi psicodélicas. Tras esta canción, llega uno de los pilares del disco, “Here Comes the Night Time”, llena de ritmos hipnóticos caribeños y de percusión. Los viejos Arcade Fire han muerto y esto es una enorme fiesta de culto a la muerte donde todos estamos invitados.

Esta tendencia se rompe en “Normal Person”, que podríamos definir como la canción más convencional del disco, pero que pocos imaginan tocando a Arcade Fire, heredera de los momentos más rockeros de los canadienses como podría ser “Month of May” de su anterior disco. “You Already Know” probablemente es la canción más floja del disco, pero mantiene presente los elementos del disco, y da paso a “Joan of Arc”, que tras una introducción casi punk cierra la primera mitad del disco de una manera formidable.

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El segundo CD contrasta tanto en el tono como en el contenido musical. Las piezas bailables están casi ausentes y las letras adquieren más oscuridad, tornándose sombrías y volviendo a la melancolía característica de la banda. Solo hay que ver “Here Comes the Night Time II”, que poco tiene que ver con la primera, tanto en duración como en música. Podríamos calificarlo como el interludio relajado entre ambas partes del disco más que como una pieza de una de estas mitades.

Y tras esto, el disco sube en calidad recordándonos los increíbles finales de disco que la banda siempre ha presentado. “Awful Sound (Oh Eurydice)” nos presenta la perspectiva del amor de Orfeo y Eurídice desde la perspectiva masculina, con tono de himno, especialmente en la parte final de la canción. En contraste, “It’s Never Over (Oh Orpheus)” presenta un tono más animado, lleno de teclados y armonías, y que presenta, al igual que su predecesora, una genial coda.

La recta final de disco es la más sobresaliente de todas, empezando por la extraña “Porno”, que muestra a unos Arcade Fire sucios y, porque no decirlo, sexuales, una extraña faceta que la banda no lleva nada mal a cabo. Y entonces llega “Afterlife” y vuelve la fiesta, los sintetizadores más New Order que nunca, pero esta vez con un exceso premeditado, como la celebración final de la muerte, sintiendo que el disco está llegando a final. Y menudo final.

El disco cierra con una de las obras más bellas de la banda, “Supersymmetry”, una preciosa balada llevada por pianos y sintetizadores que aumenta en intensidad hasta irse agotando, poco a poco, porque la gran fiesta de la muerte ha acabado, el carnaval de Arcade Fire ha llegado a su fin, y los últimos y excesivos 5 minutos de sonidos manipulados en estudio tras la canción es el último eco de esta fiesta.

Además, la propia gira de la banda, que ya lleva más de un mes arrancada, nos ha permitido ver varios cambios de actitud en sus directos, ya sea a través de fotos, de vídeos, o de un gran bootleg de uno de los primeros shows de la banda en Minneapolis. Al añadido de un “escenario b” al más puro estilo rock de estadio se le suman los disfraces cabezones de la propia banda, los concursos de baile durante los teloneros y los covers de canciones que entran fuera de la influencia de la banda (Prince, Boyz II Men) en unos shows cargados de ironía y espectáculo. No sabemos qué pasará tras esta gira ni que le deparará el futuro a los canadienses, pero mientras tanto, disfrutemos del gran carnaval de Arcade Fire

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