Hablar de las características comunes de una generación es caer en lo tópico pero obviar que hay rasgos compartidos es el complejo de individualistas del que tanto pecamos.

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Hace unos días salí de la facultad y de vuelta a casa paré en una pequeña tienda en la que venden desde discos hasta tazas de café. Echándole un vistazo a los libros encontré una autora alemana llamada Meredith Haaf y su obra ”Dejad de lloriquear: Sobre una generación y sus problemas superfluos”. Ante tal título mi reacción inicial fue de apoyo absoluto pero con el paso de las horas y tras darle vueltas y vueltas al tema pensé ”¿De verdad carecemos de razones para quejarnos?”

Comentar algo de lo que tú mismo formas parte es complicado.
Inevitablemente dejas de ser objetivo e intentas defender a los tuyos, pero en un asunto así solo se puede hablar de perspectivas, no existen verdades absolutas.

Generación perdida, generación x, generación tecnológica, generación nini… jamás una franja temporal ha tenido tantos nombres como la de los nacidos entre los 80 y el 95. Dicen de nosotros que somos jóvenes sin ideales, niños que nacieron al final de la guerra fría y desconocen lo que es una verdadera desgracia, crecidos entre el mayor número de facilidades e información y que aún así no las sabemos aprovechar…
Nosotros escuchamos y asentimos, asumimos las críticas y lloriqueamos, seguimos el patrón que gente ajena nos ha impuesto y por lo tanto continuamos el ciclo sin plantearnos lo más importante: no somos la primera ni seremos la última generación en ser criticada.
Nuestra memoria histórica es selectiva, los adultos siempre se han visto en el derecho de adoctrinar a los jóvenes y desacreditar los temas que les obsesionaban en cada momento, desde los mods hasta los góticos pasando por los hippies y los punks fueron generaciones perdidas en su momento y nosotros no somos menos.

¿Que no tenemos razones para quejarnos? Somos los encargados de continuar las causas que otros no consiguieron acabar, nos hemos quedado con los restos del feminismo, el ecologismo en su máximo apogeo, la globalización, la dificultad de acceso al mundo laboral, una crisis tanto de valores como económica, un mundo en decadencia en el que todas las expectativas se posan en nosotros pero sin ninguna ayuda…. y eso sólo para empezar.
Sí, dramatizamos, y sí, nos quejamos demasiado pero porque nos hemos quedado sin esperanzas.
En nuestras muestras artísticas se ve la necesidad de evasión, somos los nuevos nihilistas y eso no significa rendirse sino retratar la destrucción que nos rodea.
Meredith Haaf continúa lo que ella misma critica, la queja constante pero desde un punto de vista externo, como si ella no perteneciera a esta generación.
Así que no le hagáis caso, parad esta guerra y sobre todo, no dejéis de lamentaros, lloriqueemos, pero al menos, dejemos algo que recordar.