PD: do what you feel like / since the work is abandoned / the law doesn’t care
MIT: take my code with you / and do whatever you want / but please don’t blame me
LGPL: you can copy this / but make modified versions / free in source code form
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GPL: if you use this code / you and your children’s children / must make your source free

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Aaron Swartz. License haiku

El 11 de enero de 2013 saltó a las cabeceras el nombre de Aaron Swartz. Poco conocido en las esferas mediáticas masivas, para muchos este es un personaje que podría haber pasado desapercibido como un simple elemento más de la contracultura de internet. “Los hackers”, “los ciberactivistas” o “los geeks” estaban condenados a ser vistos como paranoicos y constructores de leyendas urbanas. El salto a la gran escena de esta muerte solo se puede entender gracias al marco de los últimos dos años, que han roto barreras en torno a la visualización de las amenazas del mundo digital y han permitido que, cada vez más gente, lo que siente al pasar por debajo de una cámara de seguridad ya no sea seguridad.

Dicen que Swartz se hubiese definido como un sociólogo aplicado, pero sus resultados son herramientas tecnológicas. Consciente de que la tecnología no era neutral y de cómo la orientación con la que ha sido diseñada influye en la construcción del Sistema en el que vivimos, su labor se orientó principalmente a descubrir el enorme potencial político de la capacidad de cada uno para crear nuevo código y nueva información y conocimiento.

Creció en la “típica” historia de una familia inquieta donde la ruptura de la última frontera del conocimiento era entendida como una forma de aportar nuevas perspectivas y, así, abandonó la escolarización normativa orientada a fabricar ciudadanos para pasar de largo y convivir con total normalidad entre los campus del MIT y Harvard. Pero sin ser un estudiante más.

Sí, entró en Stanford, pero lo dejó para unirse a Lessig en el Harvard’s Berkman Center for Internet & Society, porque la tecnología solo era una herramienta para construir la sociedad. Y entre sus aportaciones más memorables, siempre quedarán el haber sido precursor de un sistema similar a wikipedia, el RSS (ese cuadradito naranja con unas ondas que casi todo el mundo obvia pero que es considerado la sangre de internet), colaborar en la redacción Creative Commons (un hack al copyright), o Reddit, un sistema en el que la aportación de noticias es pública y donde el usuario puede crear sus propias sub-plataformas para convertirse en editor. ¿Una tendencia? Todas estas tecnologías estaban destinadas a que el foco y origen del conocimiento fuese distribuido y no surgiera de un vector o una serie de vectores unidireccionales, una lucha por la democratización de la información y de la creación de conocimiento. ¿Una aportación social memorable? Contraponer el “entorno de usuario” en un debate similar a la diferenciación entre lo público y lo privado en el liberalismo clásico.

Y por eso es precisamente al MIT al que se le responsabiliza, junto a la fiscalía, de las presiones que llevaron a su suicidio. El MIT es una de esas instituciones conocedoras de que en la tecnología, como en la sociedad, los avances ocurren gracias a las rupturas más allá de la ley, a la transgresión de las fronteras y a pensar de una forma distinta de la mayoría. Pero el MIT, como uno de los principales centros tecnológicos globales, tiene una doble identidad. En el MIT conviven el mundo digital y las industrias postmodernas con la vieja industria y el modelo de producción heredado de la revolución industrial. Sus científicos han de ser aventureros y bandoleros dispuestos a cruzar las líneas más oscuras y alejadas, pero fuera de sus fronteras, es un centro de desarrollo y planificación de la tecnología civil y militar que EE.UU. exporta.

Es por ello que la propiedad intelectual se ha estructurado como una forma de mantener o potenciar un nuevo imperialismo. Las patentes y el copyright no dejan de ser el impuesto cobrado por la metrópoli que impide el libre uso y expansión de una idea si no cubre con la autorización del imperio. La aparente inocuidad de este poder imperial surge de que no son directamente los estados sino las grandes corporaciones quienes reciben los beneficios del mismo, como las automovilísticas, que han conformado el establecimiento de nuestra sociedad y la han dotado de estructura, tecnologías, anhelos y un tejido industrial. ¿Extraño? No, buscad un país en el que el desarrollo no haya ido acompañado de la implantación de la industria del automóvil, la aeronáutica o la petroquímica.

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Aaron fue encausado por haber descargado millones de documentos científicos de una plataforma que pretende unificar -y de paso controlar- el acceso a los artículos, JSTOR. En una historia narrada al detalle por Boston Magazine esta semana, colocó un portatil con una cuenta falsa con la que empezó a descargar de una forma no avisada ni pública artículos que, en alguna ocasiones, podrían contener información registrada, o que no se pueden visualizar sin haber pagado previamente por ello a la industria editorial científica.

Al poco de iniciar la investigación, los servicios de inteligencia ya conocían que Swartz estaba detrás del Guerilla Open Access Manifesto, un documento que promulgaba a favor de la libre distribución del conocimiento. Y para ello llamaba a la más pura desobediencia: permitir la libre disposición de cualquier documento científico que estuviese en nuestras manos. Aaron estaba sentenciado, tenía que ser un ejemplo, nadie pone en duda el verdadero pilar que todavía sostiene al Imperio. Nos puede seguir sonando ridículo hablar de propiedad intelectual en términos de imperialismo, los que lo han sostenido han sido siempre acusados de geeks y piratas. Pero la apertura mediática de algunas negociaciones a través de las filtraciones de wikileaks, o el tratamiento dado al actual acuerdo de colaboración transpacífico permiten que dejemos de hablar de estos argumentos como paranoides. Luchar contra la propiedad intelectual es la nueva lucha contra el colonialismo tecnológico.

Pocas de sus frases son tan claras como la que pronunció a raíz dela victoria contra la Stop Online Piracy Act:

Vencimos esta batalla [contra SOPA] porque nos se convertimos en héroes nuestra su propia historia. Todo el mundo hizo su parte del trabajo para salvar una libertad crucial. […] Y no pedimos permiso.

Aaron Swartz

La historia de Aaron no es la historia de un martir de internet, sino de alguien que creyó que para romper las barreras de las estructuras de poder imperantes era necesario que cada uno fuese capaz de construir su propia historia, de ser un héroe que construye su propio futuro. Y para ello, hace falta información y conocimeinto, sí, pero también la posibilidad de apropiárselo y hacerlo suyo. La alternativa es ser una surcursal de una identidad exterior, una identidad comprada y dependiente.

La lucha de Swartz no termina, desde hoy hasta el 11 de febrero se mantendrá en preparación la campaña “The day we fight back“, esperando a quien quiera adoptarla como historia por la que luchar y que no es más que una pequeña parte de todas las luchas de guerrilla contra la tiranía de lo institucionalizado y por la libertad para construir la historia propia de cada uno. La información es poder.